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Analistas 10/06/2026

Usted construía empresa y ellos construían el relato

Camilo Guzmán
Director ejecutivo de Libertank
Camilo Guzman

La incertidumbre que hoy embarga a los empresarios es el resultado de una desconexión entre la generación de riqueza y la defensa de los fundamentos que la hacen posible. Frente a una izquierda doctrinaria que quiere transitar del desorden megalómano de Gustavo Petro a la rigidez estratégica y disciplinada de Iván Cepeda, el empresariado se descubre desarmado en el único campo de batalla que realmente determina el largo plazo: el de las ideas.

Los empresarios supusieron erróneamente que la función empresarial se defendería por sí sola. La acción humana está gobernada por teorías morales, juicios de valor, prejuicios y mapas mentales con los que los individuos interpretan su realidad. Al permitir el avance colectivista en las universidades, los colegios y la cultura, los creadores de valor cedieron el monopolio de la producción de significado a los intelectuales colectivistas. Como consecuencia, una narrativa falsa pero moralmente atractiva adquirió hegemonía cultural.

Quien define el vocabulario delimita el rango de lo políticamente concebible. Conceptos como “justicia social” han sido secuestrados y transmutados en herramientas para legitimar la expoliación legalizada y la hipertrofia estatal. Bajo este envenenamiento del lenguaje, el sistema de cooperación, división del trabajo y respeto a la propiedad -el capitalismo- es sistemáticamente estigmatizado como un régimen de explotación, mientras que el monopolio de la fuerza estatal se presenta como el único garante de orden y virtud. Cada vez que el empresariado acepta y utiliza la terminología del adversario, claudica.

Tras el colapso parcial del socialismo y las reformas liberales de los años noventa, los defensores de la sociedad libre cayeron en la trampa del optimismo, asumiendo que el debate ideológico estaba superado para siempre. El empresariado se replegó hacia el pragmatismo, dejando un vacío absoluto en la construcción narrativa y mística del sistema.

Esta renuncia a la batalla cultural permitió que la mayoría de los líderes empresariales operaran bajo la lógica del free rider: cosecharon los beneficios de un marco institucional pro-mercado, pero externalizaron por completo el costo de su defensa intelectual. Cuando el peligro se torna inminente, reaccionan bajo la mentalidad del “plomero de emergencia”: financiando soluciones superficiales y temporales -como el apoyo al candidato presidencial de turno- para contener el agua cuando ya llega al cuello. Una vez superada la urgencia electoral, regresan a la comodidad de sus estados financieros.

La preservación de la libertad, la propiedad privada y el capitalismo exige entender que la contención política en las urnas es indispensable, pero del todo insuficiente si no está respaldada por una arquitectura intelectual permanente. Quienes tienen la capacidad de generar riqueza tienen el deber moral de financiar y sostener a los profesionales de las ideas: centros de pensamiento, activistas, académicos y comunicadores. No se combate el avance del socialismo disciplinado demostrando que se puede administrar el Estado con mayor eficiencia técnica; se le combate desmantelando su supuesta superioridad moral. Es imperativo estructurar una estrategia cultural que vincule de forma indisoluble el libre mercado con la dignidad humana, la movilidad social ascendente y la ética del esfuerzo. O el empresariado colombiano financia las ideas que defienden su mundo. O financia, con sus impuestos, las ideas que lo destruyen. No hay tercera opción.

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