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El 20 de julio se instaló el nuevo Congreso. Hubo aplausos, influencers, discursos de posesión eternos y, como siempre, unos minutos de trending topic. Para el martes ya casi nadie se acordaba de esos nombres. ¿Cuántos de los más de 280 congresistas que juraron esa semana sabría usted nombrar hoy, sin googlear? Intente nombrar al menos 10. Seguro lo corché, querido lector. Por eso debemos hablar de Hiperpolítica.
Un término descrito por el politólogo Anton Jäger: vivimos saturados de política. Todo, desde la música que escuchamos hasta el equipo del que somos hincha, tiene un tinte político. Pero cada vez menos gente participa realmente en el conflicto de intereses organizado que solíamos llamar “política”: afiliarse, militar, presionar, legislar. Hablamos de política a toda hora, pero cada vez militamos menos en ella.
Pero ojo, la desconfianza, esa sí, es constante. Según la más reciente medición de Invamer, el Congreso tiene una desfavorabilidad de 53,9%, muy por debajo de instituciones como la Registraduría o las Fuerzas Militares. No sorprende a nadie. Pero confirma la paradoja: aunque hablamos de política todo el tiempo, confiamos cada vez menos en ella.
Yo, que he sido contratista del Estado, lo he visto de cerca. La única relación real que tiene el ciudadano de a pie con su congresista no es el debate, ni la ley, ni la rendición de cuentas. Es el día en que le entregan la lista para recoger firmas o votos (mínimo cincuenta, eso sí) y solo entonces se define si hay contrato de prestación de servicios o no. Una relación puramente utilitarista, transaccional, que se repite cada cuatro años sin que nadie la cuestione. Y en esa dinámica se les olvida algo a los Honorables Congresistas, que son ellos los que deben adaptarse a las realidades de las instituciones estatales y a los ciudadanos, no al revés.
En Colombia esto tiene nombres propios, que ya se posesionaron en el Congreso. Ganaron escaños en consultas interpartidistas con creadores de contenido antes que con propuestas de reforma tributaria o de salud. Discutimos con más pasión sobre el injerto de pelo de un candidato que sobre el articulado de un proyecto de ley que definirá el futuro de nuestros derechos laborales o pensionales. Politizamos a Feid, a Crudo Means Raw y hasta la carta de Karol G al presidente electo, tres ejemplos que muestran lo mismo, nos indignamos o celebramos con figuras públicas ajenas al Congreso, mientras desconocemos por completo cómo se tramita un proyecto de ley, qué comisión lo estudia, o si nuestro representante votó a favor o en contra de algo que nos afecta directamente.
La política parece permear todas las esferas de la vida, obliga a leer cualquier gesto como una toma de posición ideológica, y aun así se queda en intervenciones cortoplacistas, difusas, casi siempre puramente simbólicas. Incapaces de transformar nada. Hay más debate público sobre un trino que sobre el articulado que decide si usted se pensiona a los 57 o a los 62.
¿Cómo resolver esta conformidad autómata? Pensar precede a la acción, así que el primer paso es simple, dejar de creer que aplaudir en la posesión, indignarse en un trino o compartir un meme es participar. El segundo paso implica trabajo real, y la buena noticia es que las herramientas ya existen, solo que casi nadie las usa porque no son virales. Congreso Visible, de la Universidad de los Andes, hace seguimiento público a cómo vota cada congresista, qué proyectos radica y a qué comisión pertenece, desde 1998. La Gaceta del Congreso publica, sin filtro ni algoritmo, cada debate.
La información está ahí, a la mano; lo que falta es la costumbre de ir a buscarla, entrar, ser curioso, tener pensamiento crítico, ver cómo votó su representante la semana pasada y preguntarle por qué.
Les dimos el poder de legislar nuestro futuro con nuestro voto; lo mínimo que podemos exigir es que lo usen bien y que sepamos, con nombre propio, cuando no lo hagan.
Nunca hablamos tanto de política como hoy, y sin embargo cada vez es más difícil cambiar algo con ella. La próxima vez que alguien politice una canción de Feid o una carta de Karol G, pregúntese si sabe cómo votó su congresista esta semana. Si la respuesta es no, ya sabe por dónde empezar.
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