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Analistas 14/09/2026

“Never forget”

Alberto J. Bernal-León
Jefe De Estrategia Global, XP Investments

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Siempre he pensado que septiembre es el mejor mes del año para disfrutar Nueva York. La vida nos llevó a Cristina y a mí a Manhattan en el 2000, Cristinita una niña de apenas 25 años, yo un año mayor. Acá recordando, una de las cosas que disfrutamos mucho en NYC antes del 11 de septiembre fue ir a la “Noche Latina” en “Windows of the World”, el restaurante que quedaba en el piso 107 de la torre norte del WTC, los miércoles. Bailar salsa a 400 metros de altura mirando a Manhattan siempre me pareció un tremendo hit.

Ese 11 de septiembre resultó ser un día espectacular. Cielo azul, ni una sola nube, y Alberto Bernal montándose en la línea 6 del metro a eso de las 8:10 am para llegar a su oficina en 140 Broadway. Para los que conocen Manhattan, ese es el edificio que tiene un cuadrado rojo en frente, a escasas tres cuadras de donde quedaba la torre sur. Subí las escaleras que dan contra Trinity Church, y después de caminar unos 20-30 pasos, a las 8:46 am exactamente, oí un sonido similar al de un misil seguido por un golpe seco. Acto seguido miré hacia arriba, y vi una inmensa llamarada saliendo de la parte superior de la torre norte. Me impresionó ver cómo comenzaban a caer papeles del cielo. Una señora alta, con tacones y sastre rojo, estaba a mi lado. Comenzó a llorar, se quitó los zapatos, me abrazó, y salió corriendo. Nunca más la vi.

Seguí caminando a mi oficina, y me quedé mirando la torre en llamas desde la entrada al edificio. Acto seguido cayó un documento a mi lado, parecía un contrato, y estaba aún en llamas. Me arrepiento siempre de no haberme quedado con ese papel… Subí a la oficina de IdeaGlobal, mi empleador. Arriba el ambiente era de máxima incertidumbre, pero todos estábamos convencidos de que lo que había pasado era un accidente. Sonó mi teléfono. Era la Televisión Española, que sabía que mi oficina estaba en frente del WTC. Eran las 9 am. Les describí lo que veía. Dije que seguro era un accidente. Y de pronto, a las 9:03, los vidrios vibraron, sentí el calor absurdo (por la explosión), y vi en vivo y en directo la escena más terrorífica de mi vida. Muchos colegas comenzaron a llorar, otros gritaban. Creo haber dicho una grosería al aire con la TV de España. La imagen del segundo avión estrellándose debió llegar un par de segundos después a España, por el retraso natural de la imagen. Sonaron las alarmas y nos evacuaron. Llamé a Cristina y le dije que iba a comenzar a caminar hacia el norte. Siendo colombiano y acostumbrado al terrorismo, entendía que meterse a un metro, un lugar cerrado y sin ventilación, era demasiado ilógico en estas circunstancias.

Éramos unas cinco personas de la oficina caminando hacia el norte. Cuando llegamos a Canal Street, en China Town, paramos a comprar agua de un tendero. Le pedí un cigarrillo para la angustia. Me dio la cajetilla entera, y no me aceptó que le pagara. “Go find your family and God bless you”. Los celulares no funcionaban. Mi mamá y mi papá no sabían nada de mí, porque no habían podido hablar con Cristina. Mientras me fumaba un cigarrillo y tomaba agua, miré nuevamente las torres. De pronto la tierra comenzó a temblar, y la torre sur desapareció de mis ojos. Al lado mío un señor de unos 50 años se tumbó al suelo mientras lloraba desconsolado. Pasó alguien corriendo y gritando que la Casa Blanca había sido destruida. Manhattan estaba en pánico total.

NYC duró como un año entero oliendo a llanta quemada. 10 días después del atentado, el ejército nos permitió bajar a la oficina para recoger papeles importantes y los discos duros de los analistas. Me quedé mirando los escombros desde el piso 21. Es imposible describir el nivel de destrucción que vi. Los escombros del WTC duraron meses en llamas. Después de varios meses, los bomberos aún seguían sacando restos humanos. Cada vez que se encontraban nuevos restos, sonaba una sirena, y los rescatistas hacían una calle de honor para honrar a la víctima. Nosotros, los empleados de IdeaGlobal, nos acercábamos a la ventana y guardábamos silencio respetuoso. Esta rutina debió ocurrir unas 40 o 50 veces. El 11 de septiembre la cultura del odio y de la represión quiso acabar con la libertad de Occidente. Pero lo que lograron esos asesinos fue volvernos aún más fuertes. #NeverForget

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