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ANALISTAS 22/07/2026

El cumpleaños de Colombia tiene fecha de vencimiento: 2040 y 2060

Fredy Vargas Lama
Director del Doctorado en Administración
La República Más

Tengo un amigo bogotano que trabajó toda su vida en el sector comercial. Arrancó en los años ochenta y se jubiló a los 64. Hoy bordea los 70. Aprendió pronto que, en un pagaré, el monto importa menos que la fecha. “El monto se negocia”, me dijo una vez. “La fecha, no. La fecha te obliga”. Los guardaba en una carpeta de cartón y los revisaba no para lamentar la deuda, sino para calcular cuánto tiempo le quedaba.

En estos días, Colombia ha cumplido otro año de independencia y lo celebró mirando hacia 1810. Pero un cumpleaños, para un país, debería funcionar como el pagaré de mi amigo: no importa tanto la fecha en que empezó la cuenta, sino aquella en la que hay que pagarla. Propongo dos: 2040, cuando Colombia cumpla 230 años, y 2060, cuando cumpla 250. Tres deudas concretas, cada una con su pregunta de presente, su pregunta de futuro y sus dos pagos.

Primera deuda: las competencias.

Pregunta de presente: ¿qué sabe hacer hoy un colombiano que sale del colegio? Pregunta de futuro: ¿qué necesitará saber hacer en un mundo donde la ventaja ya no es la memoria, sino la capacidad de razonar sobre aquello que la máquina no puede?

Colombia tiene 500 años de cultura que ya conquistó al mundo en la música, las letras y la cocina. Pero cultura no es competencia. Para 2040, el pago es formativo: una generación completa con pensamiento complejo y alfabetización digital real, no un proyecto piloto del ministro de turno. Gary Becker lo dijo hace 60 años: el capital humano es la inversión de largo plazo con mayor retorno. Colombia ya tiene cobertura; le falta calidad. Para 2060, el pago cambia de escala: exportar conocimiento de altísima calidad y a gran escala, y lograr que la diáspora se convierta en red y no en fuga.

Segunda deuda: el territorio.

Pregunta de presente: ¿cuántos colombianos con una buena idea nunca la convierten en empresa simplemente por haber nacido lejos del centro? Pregunta de futuro: ¿qué pasaría si cada región tuviera la conectividad, la institucionalidad y la presencia del Estado necesarias para que el talento local se quede, cree riqueza y no tenga que migrar a la capital para existir?

Colombia es un país de excepcional riqueza geográfica, pero el acceso a ella sigue concentrado donde ya existe infraestructura. Para 2040, el pago es de conexión real: territorios con vías, conectividad digital e instituciones que funcionen sin depender de quien gobierne, capaces de respaldar al emprendedor local y no expulsarlo hacia Bogotá. Elinor Ostrom, primera mujer en ganar el Nobel de Economía, demostró que los sistemas de gobernanza más resilientes no centralizan cada decisión, sino que la distribuyen entre múltiples centros conectados. Ese es el diseño que le falta a Colombia. Para 2060, la apuesta crece: que la riqueza y la innovación del país ya no se midan por lo que producen Bogotá y las principales ciudades, sino por lo que generan, en red, sus regiones. Tercera deuda: la capacidad de organizarnos para pensar en grande.

Pregunta de presente: ¿por qué un país con este talento, esta geografía y esta creatividad sigue pensando en pequeño? Pregunta de futuro: ¿qué tendría que cambiar para que Colombia se conciba no como un país que sobrevive, sino como una nación capaz de generar bienestar real para todos? Colombia construyó su institucionalidad sobre la excepción individual: cada quien negocia lo suyo. Para 2040, el pago es concreto: una coordinación público-privada con un horizonte de décadas, que no dependa de quien gane la próxima elección. Henry Chesbrough demostró que la innovación más potente no nace en sistemas cerrados que atesoran su conocimiento, sino en sistemas abiertos que lo comparten.

Para 2060, el pago es más profundo: una sociedad organizada alrededor de una ambición compartida, no para vencer a nadie, sino para convertirse, en beneficio de sus propios ciudadanos, en el país con mayor capacidad para generar bienestar. Gaston Berger insistía en que el futuro no se predice: se construye colectivamente a partir de una imagen compartida de lo deseable. Colombia todavía no se ha atrevido a compartir esa imagen en grande. Mi amigo ya no revisa pagarés, pero conserva la costumbre: primero mira la fecha de vencimiento; después, el monto. Alguna vez me dijo, mientras me invitaba a un tinto, que las deudas a las que uno no les pone fecha no desaparecen: se heredan a los hijos con otro nombre. Colombia lleva 216 años llamando “historia” a lo que, en el fondo, es una cuenta sin vencimiento.

Este es el momento de ponerle fecha. Que el nuevo gobierno la convierta en política de Estado, con indicadores medibles para 2040 que ningún gobernante de turno pueda borrar. Y que el sector privado no espere esa firma para pagar su parte -en capital, formación y gobierno corporativo-, porque quien paga por adelantado ya entendió que las deudas sin fecha son las que terminan costando más caro.

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