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El rector de la Universidad Autónoma de Occidente recibió la distinción de Profesor Emérito de la Universidad Nacional y habló sobre los retos de la educación superior
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Con una trayectoria que ha estado ligada a la educación superior, Diego Fernando Hernández Losada, actual rector de la Universidad Autónoma de Occidente, recibió de la Universidad Nacional de Colombia la distinción de carácter nacional de Profesor Emérito.
Hernández ha desempeñado distintos cargos en la educación superior y el sector público, entre ellos director de Colciencias, viceministro de Conocimiento, Innovación y Productividad, decano y vicerrector de la Universidad Nacional. En entrevista con La República, habló sobre el reconocimiento, los retos que enfrenta la educación superior en Colombia y los cambios que están generando la tecnología y la IA en las universidades.
Es un reconocimiento muy importante para mí en lo personal. Yo me formé en la Universidad Nacional: soy egresado de Ingeniería Industrial y me gradué en 1986. Posteriormente tuve una carrera académica y continué mi formación en otras universidades. Hice una maestría en Administración de Empresas en la Universidad del Valle, estudié Economía en la Universidad Javeriana y posteriormente Finanzas en la Universidad de Illinois, en Estados Unidos.
Al regresar de Estados Unidos me matriculé en el Doctorado en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional. Es decir, tengo tanto el pregrado como el doctorado de mi alma mater.
En 2004 me vinculé como profesor de dedicación exclusiva, primero como profesor asociado y posteriormente como profesor titular, que es la máxima categoría. He tenido una vida como estudiante y académico que me ha permitido conocer muy bien la Universidad Nacional y recibir la formación y los valores de una institución de tan alta calidad.
También significa que el paso por la universidad no fue simplemente una etapa más de la vida, sino que dejó una huella. Como profesor tuve la oportunidad de ser director de departamento, decano durante seis años y vicerrector de la Sede Bogotá. Durante esos cargos impulsé iniciativas de internacionalización, modernización de la infraestructura y acreditación de los programas.
Esta distinción destaca que mi paso por la Universidad no fue cualquiera, sino que contribuyó a que la institución tuviera transformaciones importantes.
Hay algo que también llevo en el alma: el servicio. Poder servir al país a través de la transformación de los jóvenes mediante la educación superior. He sido profesor y me encanta la docencia. Creo que ser profesor es una de las profesiones más dignas: poder servir y formar a las personas, transformarlas.
Como estudiante me eduqué gracias a los servicios de bienestar de la Universidad Nacional. Vivía en las residencias universitarias en Manizales y comía en el restaurante de la Universidad. Como estudiante y representante estudiantil luchaba por los servicios de bienestar.
Cuando entré a trabajar como profesor, el rol era distinto. Uno empieza a ver las cosas desde otra perspectiva y también las oportunidades de mejorar el bienestar.
Recuerdo que teníamos alrededor de 80 subsidios de alimentación en Bogotá. Fuimos aumentando esa cifra hasta superar los 500 estudiantes diarios beneficiados con alimentación. También creamos el fondo para las becas de movilidad internacional, Fondea.
La Universidad Nacional es demasiado grande y compleja, y si uno no ocupa cargos administrativos jamás llega a conocerla completamente. Esa experiencia me sirvió para conocer la Universidad, entender su complejidad y comprender las angustias de los estudiantes.
Sobre todo, hay algo que uno busca siempre cuando está al servicio de los demás: ser mejor persona. Creo que mi mayor anhelo como ser humano es ser cada día una mejor persona.
Me ha mostrado la importancia del sistema mixto. Colombia tiene un sistema excepcional, con buenas universidades privadas y buenas universidades públicas.
Fui profesor de la Universidad de los Andes durante casi seis años. Cuando llegué a la Nacional después de estar en los Andes, lo que hice fue tomar las cosas buenas que había visto allí y aplicarlas en la Universidad Nacional. Ahora que estoy nuevamente en una universidad privada, la Universidad Autónoma de Occidente, también recojo la experiencia que adquirí tanto en los Andes como en la Nacional.
Me he formado en universidades públicas, privadas e internacionales. Ese aprendizaje me ha servido mucho y me ha impulsado a seguir estudiando. Esa combinación entre lo público, lo privado y lo internacional demuestra que tenemos un sistema de educación superior fuerte y mixto que debemos seguir apoyando.
Cuando fui director de Colciencias, participé en la transformación de Colciencias en ministerio y en la Misión Internacional de Sabios. El conocimiento y la experiencia que me generó ese proceso fueron extraordinarios. Hubo mucho relacionamiento entre universidad, empresa, Estado y sociedad.
También impulsamos la ejecución de las regalías. El sistema se implementó a partir de 2019 con convocatorias públicas, abiertas y competitivas, y logramos en ese bienio ejecutar casi 100% de los recursos.
Después vino, en 2020, la pandemia, que me enseñó muchísimo. Nos puso a trabajar al triple. Ese aprendizaje me ha servido ahora para afrontar circunstancias difíciles como el terremoto.
La experiencia de trabajar en el sector público fue muy valiosa. Hubo mucho aprendizaje y también mucho estrés, pero hoy veo ese conocimiento aplicado en lo que hago: en la estructuración administrativa de la Universidad, en la visión de ciencia, tecnología e innovación y en la visión académica.
El principal aprendizaje ha sido el manejo de las crisis. Estamos viviendo una crisis muy fuerte. Hemos tenido un incremento del salario mínimo de 23%, una revaluación que ya supera 15% en este año y una caída demográfica de la población que hace que las matrículas disminuyan en lugar de aumentar. Y ahora viene el terremoto.
Un rector necesita saber manejar las crisis porque estamos frente a hechos sobrevinientes que jamás imaginábamos el año anterior. Hay que cambiar los planes cuando las circunstancias lo exigen.
Lo que uno tiene que garantizar, con responsabilidad, seriedad, ética y honestidad, es que las instituciones permanezcan. Tendremos que tomar medidas drásticas y severas, pero garantizando el futuro de este tipo de instituciones.
Tienen que sobrevivir a la crisis, ser resilientes y salir fortalecidas.
¿Qué significa la flexibilidad? Que haya educación presencial, virtual, híbrida o combinada; modalidades de día y de noche, y programas bimestrales, cuatrimestrales y semestrales.
Nuestro estudiante es una persona que trabaja, que tiene dificultades y que no necesariamente puede dedicar todo el día a estudiar. Hay que abrir la posibilidad a quienes puedan estudiar presencialmente y a quienes puedan hacerlo de manera virtual o combinada.
También hay que entender que las personas aprenden de muchas maneras: mediante textos, videos, audios, podcasts y distintas formas de transmitir conocimiento.
La transformación digital y la tecnología son fundamentales. Permiten estudiar desde cualquier lugar, con cualquier medio y a cualquier hora.
También está el trabajo cooperativo y colaborativo, la capacidad reflexiva y crítica del estudiante, las múltiples formas de aprender y el aprendizaje personalizado.
Hay un cambio radical: el estudiante no puede ser un receptor pasivo del conocimiento, sino un creador de conocimiento. Además, la evaluación tiene que ser permanente y recursiva, y para eso también está la inteligencia artificial.
Hemos implementado estos principios en la Universidad y en Digampus, un programa que desarrollamos con la Gobernación del Valle del Cauca y que permite llegar a los 42 municipios del Valle mediante educación híbrida y virtual. La tecnología y la flexibilidad nos permiten llegar a cualquier parte, de distintas maneras y con alta calidad.
La permanencia es uno de los elementos más importantes actualmente. Hay que garantizar no solamente la facilidad de acceso a la matrícula, sino también la permanencia.
En Digampus, los 1.600 estudiantes están becados 100%. Además, la tecnología nos permite garantizar la permanencia porque los estudiantes pueden estudiar a su ritmo y desde distintos lugares. No necesariamente tienen que desplazarse todos los días, lo que reduce costos y facilita su permanencia.
Hay otro elemento fundamental: el apoyo social y psicológico. Nosotros tenemos un área de bienestar que atiende muchos casos complejos.
También hemos desarrollado mapas de calor para identificar dónde viven nuestros estudiantes. Si sabemos dónde viven y ocurre un terremoto, podemos identificar inmediatamente qué estudiantes están en riesgo.
La tecnología y la inteligencia artificial nos permiten generar alertas tempranas. Así podemos intervenir antes de que el problema crezca.
La manera de evitar la deserción es multifactorial, pero la esencia es esta: no esperar a que el estudiante llegue. Hay que anticiparnos para identificar cuál puede ser el riesgo en el que está y evitar que abandone sus estudios.
Sueño con que los estudiantes crean que el mejor camino para desarrollar capacidades, cambiar el mundo y transformarlo es a través de la educación.
Quiero que sean personas que pasen toda la vida estudiando. Lo importante es la disciplina, la constancia y el esfuerzo. Hay que saber que esta ruta no va a ser fácil, pero lo fundamental es crear las capacidades para que cada persona pueda hacer aquellas cosas que considera valiosas para su bienestar y el de los demás.
Creo que ese sería el legado: que me vean como una persona que creó capacidades para transformar, no solamente para sí misma, sino para que otras personas pudieran ser mejores gracias al ejemplo y también a lo que se les enseñó.
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