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Analistas 01/09/2021

El centro esperanzador

Colombia nunca ha sido un país de extremos. Cuando la región estaba plagada de dictaduras, nuestro país gozaba de una democracia imperfecta, pero democracia, al fin y al cabo. Cuando se implementó la sustitución de importaciones y en América Latina el estatismo floreció, en Colombia el fenómeno fue tímido, tanto así que la llegada de la furia privatizadora a principios de los 90 poco se sintió porque no había mucho que vender. Y la apertura, sobre la cual muchos todavía se rasgan las vestiduras, para otros nunca ha sido tal: seguimos siendo uno de los países más cerrados al comercio internacional del vecindario.

Lo anterior no es una situación accidental. Tal vez sean los sociólogos quienes deben explicar por qué en un país con un largo historial de violencia la población busca la estabilidad y es temerosa -con mucha razón- de los cambios abruptos. Colombia puede que sea un país de guerras, pero no de golpes de estado.

Ahora, cuando parece que la violencia ha dejado de ser una herramienta para lograr objetivos políticos y el largo entierro de los partidos tradicionales por fin concluye es evidente que la población, sin importar su estrato socioeconómico ni su región, tiende a alinearse con el centro político. Lo dicen claramente las encuestas. No más de una quinta parte del electorado se identifica con la izquierda y no más de una quinta parte con la derecha. Las otras tres quintas partes están en la mitad.

Por esta razón el petrismo está en sus platas, como dirían y ocurre igual con el uribismo, o con sus candidatos afines. Esta situación, por supuesto, es conocida por ambas facciones, las cuales han realizado esfuerzos infructuosos por romper estos techos de cristal. La llegada de algunos senadores de la U y del Liberalismo a la Colombia Humana no ha desatado una avalancha de apoyos, que más bien resultan sobresalientes por su rareza. Y cada movimiento de la derecha hacia el centro enfurece a los ultras y no logra sumar nuevos adeptos, mientras que los candidatos que desde el centro bordean a la derecha, como Peñalosa o Fico Gutiérrez se ven incómodos con las intromisiones políticas en su territorio.

Esto genera algunas razones para el optimismo y otras para el escepticismo. Es posible que este rechazo de los extremos permita superar esta perniciosa polarización promovida desde ambas puntas. Para ganar, la derecha necesita generar miedo y la izquierda necesita generar resentimiento. Y ambas se alimentan de la rabia. Por eso, entre más aguda la confrontación entre los dos, más conveniente es para ambas. Una propuesta de centro que proyecte esperanza y que desactive los odios puede ser triunfadora.

No será fácil. El diablo siempre está en los detalles. Lograr un mecanismo de conjunción de las numerosas propuestas centristas es lograr la cuadratura del círculo. Si queremos evitar la tragedia del Perú donde la elección presidencial se dio entre dos extremistas impresentables no tenemos otra opción que intentarlo.

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