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Protestas raciales en USA

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Luis Fernando Vargas-Alzate Profesor asociado de la U. Eafit

Otra vez, como cada cierto tiempo, se presenta un nuevo detonante para la protesta social alrededor del mundo. Esta vez, tras la muerte de George Floyd, se encendieron los ánimos, incluso en lugares que nada tienen que ver con los acontecimientos ocurridos en Minneapolis, la población afrodescendiente o la violación a los derechos humanos de los grupos más vulnerables. Sin embargo, el eco de la protesta sigue retumbando en todos los rincones del planeta.

Muchas razones justifican una reacción de la magnitud que se ha presentado. No obstante, se ha vuelto constante que el statu quo acalle estas voces con relativa facilidad y que, en menor tiempo al esperado, todo retorne a la “normalidad”. Precisamente es eso lo que habría que evitar en algún momento, pues no tiene sentido que la magnitud de la protesta social como la que ahora se presenta, y que ha sido expuesta con justa motivación, se diluya nuevamente sin resultados.

Tal como lo resaltó una nota de prensa publicada por CNN recientemente, hubo otras reacciones similares en la historia estadounidense, pero sin logros relevantes. Precisa la nota publicada que esto que ha pasado en Minneapolis ha traído el recuerdo de los episodios vividos en Baltimore (2015), cuando murió Freddie Gray; Ferguson (2014), ante la muerte de Michael Brown a manos de otro policía blanco llamado Darren Wilson; y Los Ángeles (1992), donde murió Latasha Harlins.

En esta oportunidad podría decirse que hay algunas cosas en juego que deben considerarse para el análisis. En primer lugar, y no es para menos, una lectura de lo que viene sucediendo debe considerar las diversas reacciones que se han presentado frente a la amplia cantidad de protestas, en diferentes lugares. A todas luces, lo reportado por los medios ha sido atroz en comparación con episodios similares. Ahora, más que antes, se está maltratando a las personas negras con fuerza desmedida, hecho que resulta consecuente con la posición del presidente Trump.

Aunque no esté pasando por orden directa del mandatario, lo cierto es que cada acción violenta contra la población negra le pasa factura a su campaña para la reelección. Con cada episodio se ratifica la perspectiva racista del gobierno que hoy dirige los destinos de la nación norteamericana. Lo que se vive en las calles, que posibilita posiciones de rechazo por parte de miembros del partido demócrata, e incluso, de varios republicanos, está afectando directamente la campaña.

En segundo lugar, es para tener en cuenta la posición de Nestride Yumga, una mujer negra que se enfrentó radicalmente a los manifestantes en Washington, cuando le increparon a participar en las protestas por los asesinatos de personas de raza negra en el país. Su postura de reclamo frente a los manifestantes se da porque, según ella, no pasa nada en el país cuando un negro mata a otro negro. Ni siquiera con la cantidad de muertes de personas negras que hay cada semana en los suburbios de Chicago, por ejemplo (de acuerdo con Rashawn Ray, investigador del Brookings Institution, “la policía mata a un negro cada 40 horas” en el país). Según ella, el episodio Floyd se está aprovechando para enfatizar el racismo que ha caracterizado a los Estados Unidos por décadas y que con esta administración se ha hecho mucho más evidente.

Finalmente, pero enlazado con lo anterior, el racismo estructural experimentado en el país se ha instalado entre los temas neurálgicos que decidirán el voto en las elecciones de noviembre próximo. Para bien o para mal, es decir, para que Trump se quede o salga de la Casa Blanca, este será un tema que motivará profundamente cada voto estadounidense. Lo importante, como quedó dicho desde el inicio, es que no pase lo mismo de siempre. De nada sirve todo el movimiento que se ha generado hasta ahora si en una o dos semanas todo vuelve a la “normalidad” y el statu quo logra, nuevamente, acallar las voces y satisfacer sus intereses.

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