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Cultura 07/02/2026

Un libro sobre el cuidado de la vejez

Lewis Acuña
Periodista
La República Más

Viejos, mis queridos viejos.

La presencia de un pañal puede ser el gesto más transgresor de la estructura familiar. Girar un cuerpo adulto que ya no posee autonomía es una maniobra física que termina por desgarrar el espíritu del hijo que la ejecuta.

Es un movimiento cargado de una pesadez que no se explica por los kilos de carne y hueso. Se trata del peso de la dignidad como seres humanos que se pierde. El hombre que se refugió tantas veces en los brazos de su madre, ahora debe aceptar que ella no lo reconozca. Que esos brazos abiertos no son mas calurosas bienvenidas, sino la demostración de la vulnerabilidad y la dependencia de otros a la que está sometida. Aunque ni sea consciente de ello.

Es un choque de roles tremendo. Transforma al descendiente en el cuidador. La mujer que antes era la luz, ahora es solo breves destellos. La vejez es una emboscada que ataca por la espalda dando aviso. El hijo deja de temerle a las canas o a la calvicie porque sabe que el verdadero terror es la dependencia absoluta. Esa falta de libertad de la vida condenada a un cuerpo inútil en el que todo gira sobre lo que duele o sobre las funciones corporales que han dejado de servir.

A veces se prefiere huir mentalmente para no mirar el desastre de frente. Se cuestiona su paciencia. Se siente culpable por no tener la resistencia de un santo frente a la terquedad de una muerte que se resiste a llegar del todo. Esa que va causando estragos de a poco a poco. La misma que a muchos ancianos mata de muerte lenta.

Es la batalla interna. ¿Por qué le tocó esto a ella, una mujer que siempre fue juiciosa con su salud? La pregunta no tiene respuesta, aunque los médicos digan lo contrario. La única herramienta es la aceptación a secas de que somos seres con una fecha de caducidad desconocida. No es la rueda de la vida. Es la ruleta de la muerte.

La dignidad no es un asunto celular o genético. Si se pierde entre la quietud obligada, una mente sin recuerdo y algunas máquinas de asistencia, la muerte deja de ser un tabú para volverse una salida compasiva. Ver a los padres sufrir de ancianos es la prueba más ácida que cualquier persona puede enfrentar. Dejar de verlos existir estando presentes, es morir un poco con ellos.

Santiago Schlesinger lo vive cada día. En su libro Lidiar con tus viejos hace una catarsis de ese aprendizaje forzoso y necesario. De cómo sigue aprendiendo a despedirse de a poquito de sus padres aunque ellos no de él. Es su forma de revelar que al final cuidar es la única manera de honrar el pasado antes de que el olvido se lo trague todo.

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