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La elección presidencial de 1946 marcó un quiebre histórico. Gabriel Turbay, liberal moderno e institucional, quedó eclipsado por la tragedia, mientras el país optaba por el recuerdo del mártir y olvidaba al estadista. Olga Lucía González, en su libro El presidente que no fue, reconstruye esta historia silenciada.
La Colombia de mediados del siglo XX vivía una transición crítica: urbanización acelerada y una democracia incapaz de procesar sus conflictos sin fracturarse. Allí chocaron dos visiones del liberalismo y dos rumbos para la nación.
Turbay no fue una figura secundaria. Fue un dirigente de primer nivel: ministro, diplomático y parlamentario. Representaba un liberalismo institucional, con vocación de Estado. Para él, la política era construcción y gobierno, no exaltación permanente.
La derrota liberal de 1946, producto de la división interna, abrió el camino a la violencia. Sin embargo, la memoria histórica simplificó el episodio y omitió el balance.
La muerte de Turbay en 1947 y el asesinato de Gaitán en 1948 sellaron el relato: uno quedó como silencio incómodo; el otro, como símbolo trágico.
Turbay fue un estadista que se preparó mediante una carrera brillante. Tenía ideas y respaldo, pero la trampa del populismo lo venció. Colombia eligió la emoción antes que la institucionalidad. Y esa elección no fue inocua. Las ideas y programas del estadista se sepultaron.
Releerlo hoy es una advertencia vigente. Cada vez que el país desprecia la técnica en nombre de la indignación, repite el mismo error. Cada vez que confunde liderazgo con estridencia, sacrifica la posibilidad de gobernarse mejor. Precio de olvidar a los estadistas.
La historia reciente, a través de una narrativa interesada, ha intentado opacar el hecho de que un gran presidente culminó ocho años de servicio a la patria con el respaldo de cerca de 80% de los colombianos. Ese reconocimiento ciudadano no es menor: refleja una gestión validada en las urnas y en la opinión pública. Frente a los vaivenes del relato coyuntural, la lucha institucional de los estadistas debe prevalecer.
En la coyuntura actual, la fragmentación es una irresponsabilidad. Es imperativo unirnos en torno a la figura que represente la democracia y la institucionalidad, priorizando a quien tenga la mayor posibilidad real en la intención de voto. La división solo facilita el camino al desastre.
No podemos permitir que avance el populismo radical que hoy, signado por la corrupción, pretende destruir la economía en alianza con la criminalidad. No basta con elegir: es necesario defender lo construido. Las próximas elecciones deben ser asumidas como una responsabilidad histórica, una oportunidad para reafirmar la democracia, hacer prevalecer el Estado de derecho y preservar la institucionalidad republicana. Allí se juega, una vez más, si Colombia opta por el estadista o por el atajo que siempre termina en ruina.
Ignorar esa lección sería un error costoso. La política comparada muestra que las derrotas más evitables no provienen del exceso de poder del adversario, sino de la incapacidad propia para ordenarse
Es hora de dejar de actuar como si el sistema funcionara y empezar a construir uno nuevo donde la dignidad humana no sea una moneda de cambio, sino el fundamento de nuestra propia fuerza
Multiplicar valor no exige mirar siempre hacia fuera. Requiere mirar hacia los lados, construir puentes y actuar en consecuencia. Para los líderes públicos, el reto es crear el terreno fértil