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¿Cuánto cuesta el optimismo?

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Juan Isaza Estratega de comunicación

Estamos invadidos de documentos, artículos y cadenas de WhatsApp que hablan de lo que vendrá cuando termine esta crisis: el impacto sobre la economía, el tiempo que tomará recuperarnos y todo lo demás. Muchas curvas, gráficas complejas de entender con cientos de fórmulas matemáticas detrás. Hay también referencias a la crisis de 2008, análisis de un siglo y medio de caídas y subidas de la bolsa y mucho más. Y todo eso es importante. Que los economistas hagan su tarea y nos vayan contando cómo van viendo la cosa.

Pero que esos mismos economistas no se olviden de Daniel Kahneman, galardonado con el Premio Nobel de Economía en 2002, ni de toda la corriente de la economía conductual, quien desde la psicología nos recuerda que los seres humanos estamos principalmente movidos por la emoción, no por la razón, y que 95% de las decisiones económicas que toma nuestro cerebro se mueven por la intuición, por la alegría, la tristeza o el miedo. Así que decidir emprender, diseñar un producto nuevo, u optar por crear una plataforma de ventas online, requieren de pensamiento racional, pero nacen siempre de un impulso emocional: la sensación optimista de que las cosas irán bien.

La incertidumbre distorsiona la capacidad de tomar decisiones y tiene una carga emocional devastadora para el ser humano. En un estudio publicado en 2016 por la revista Nature, se concluyó que la incertidumbre genera más estrés en nuestro cerebro que el hecho mismo de saber con certeza que algo malo va a pasar. Es decir, que un condenado a muerte que espera su ejecución, lo está pasando, teóricamente, menos mal que cualquiera de los ciudadanos del mundo que hoy no saben si perderán el empleo, cuánto durará el confinamiento ni si algún miembro de su familia morirá por la enfermedad.

Peter Diamandis, fundador de Singularity University, nos recordaba recientemente que la amígdala, principal centro de las emociones y sentimientos de nuestro cerebro, y que le salvó la vida a nuestros antepasados porque les enseño a identificar de inmediato el peligro, hoy juega en nuestra contra. En esta era, y en situaciones como la que estamos viviendo, tener miedo no nos va a salvar la vida. En cambio, dice Diamandis, la amígdala hoy nos convierte peligrosamente en ‘news junkies’ de las noticias negativas.

El punto es que para salir de esta crisis se necesitan muchos análisis económicos. Sin duda. Pero, antes que nada, se necesita optimismo. Paralelo al déficit de flujo de caja, habrá un gran déficit de entusiasmo. Detrás de cada proyecto que se reanude, cada producto que se lance al mercado y cada persona que decida capacitarse para buscar un nuevo trabajo, tendrá que haber existido la idea optimista de que el mundo va a estar mejor. Y quizás no lo estará por mucho tiempo, pero la velocidad de recuperación dependerá de la capacidad que tengamos todos de apostar por el optimismo en simultáneo.

Y ese es, justamente, el trabajo que le corresponde hoy a las marcas. Si la gente ve que las marcas se mueven, apuestan, crean, innovan, sorprenden y emiten con fuerza mensajes de entusiasmo, entonces vendrá el optimismo y, con él, las más positivas curvas que los economistas jamás proyectaron.

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