Analistas

El catalizador

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Juan Carlos Zuleta Acevedo - juanzule@yahoo.com Consultor en Emprendimiento e Innovación

Al escribir esta columna, posiblemente no habremos llegado al pico máximo de contagios por coronavirus en Colombia. Sin embargo, las circunstancias ya obligaron a todo tipo de entidades a acelerar muchos proyectos que, de otra manera, seguirían su derrotero al ritmo normal y verían la luz dentro de meses o años.

En el mundo de la química, los catalizadores son aquellos compuestos que se adicionan a las reacciones químicas para acelerarlas. Es duro aceptar que el coronavirus, una enfermedad que ha cobrado vidas, haya sido el catalizador que aceleró el desarrollo de innumerables proyectos y la toma de muchas decisiones. ¿Cómo es posible que un virus, un microorganismo de 100 nanómetros de diámetro y que solo puede ser visto con ayuda de un microscopio electrónico, transforme todo un planeta?

Hemos visto cómo, en cuestión de días, las universidades que tradicionalmente eran presenciales implementaron con urgencia un modelo de clases virtuales para que los estudiantes no tuvieran que desplazarse a los campus, exponiéndose al contagio, y se quedaran estudiando en sus casas. Muchas empresas también implementaron el teletrabajo en aquellos procesos y cargos que no requerían la presencia física de los empleados en sus instalaciones.

Mi bisabuela le dijo una vez a mi abuelo una frase que él me ha repetido en varias ocasiones: “Mijito, la necesidad lo vuelve a uno ingenioso”. Y es justo lo que está pasando. Ante las restricciones impuestas por las circunstancias, hemos encontrado no sólo nuevas formas de hacer las cosas, sino también nuevos criterios para definir qué es lo verdaderamente importante en nuestras vidas, como la familia, los amigos, la salud y una larga lista de actividades que tal vez teníamos olvidadas, y que hoy no podemos realizar, aunque quisiéramos.

Por más virtualidad que haya, el trato personal nunca será sustituible; la tecnología siempre será un medio para facilitarnos la vida, nunca un fin. Ahora que nadie se atreve a saludar de mano o de beso es cuando nos damos cuenta de la importancia que tienen esos gestos para nuestra cultura latina. Justo cuando sale un decreto que obliga a bares y discotecas a no abrir es cuando valoramos lo chévere que es salir a tomar algo o irse de rumba con los amigos. Precisamente, cuando más queremos y necesitamos orar, la Iglesia Católica ha restringido las misas al público y otras confesiones han hecho lo mismo con sus servicios religiosos.

De esta crisis saldremos fortalecidos, aunque el mundo nunca volverá a ser el mismo. Estamos sufriendo en carne propia el lado más oscuro de la globalización. Ahora es cuando debemos sacar lo mejor de cada uno, nuestros valores más profundos como la generosidad, la paciencia, el amor y, paradójicamente, el optimismo, para hacerle más amable la vida a los demás. Toda mi solidaridad con las personas contagiadas, sus familias, y también con aquellas que han perdido algún ser querido. Sabiamente lo dijo Saulo de Tarso en una de sus cartas: “La fuerza resplandece en la debilidad”. Que Dios nos ayude.

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