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En mi reciente reflexión sobre el “colapso generacional” planteaba una realidad cruda y casi determinista: las empresas y los regímenes suelen desmoronarse en la tercera generación porque los herederos reciben un activo cuyo sacrificio de origen no comprenden.
La “guerra de los primos” en los negocios y la “liturgia vacía” en la política dan cuenta de esa desconexión generacional. Sin embargo, el destino no tiene por qué ser la autodestrucción. Existe un antídoto que no se compra en notarías ni se asegura a través de contratos: la documentación del legado y la pedagogía del esfuerzo.
La sostenibilidad de una nación o de una empresa no se hereda por decreto; se construye con la narrativa de quienes nos antecedieron. Si no explicamos a nuestros hijos y nietos el porqué de las decisiones que tomamos y, sobre todo, las que tomaron nuestros padres y abuelos para que hoy estemos aquí, estamos dejándolos huérfanos de propósito. El mayor riesgo no es el cambio de mando, sino la desconexión total con el valor y el esfuerzo originales.
Recuerdo con especial nitidez una lección de vida que recibí en 1992, cuando me desempeñaba como gerente de Corelca. En medio de los desafíos energéticos de la época, recibí a un empresario de Texas, Estados Unidos. Su temple y su seguridad no provenían solo de sus estados financieros, sino de su historia.
“Eduardo, yo no puedo ser inferior al reto de los que me antecedieron. Soy la octava generación de mi familia al frente de esta compañía. Mi responsabilidad no es solo mantenerla a flote, sino honrar a mi padre, a mi abuelo y a mis bisabuelos que la catapultaron”, me subrayó.
Para él, “embarrarla” no era una opción financiera; era una traición moral a ocho generaciones de visión. Esa conciencia de ser un eslabón en una cadena de esfuerzos es lo que frena cualquier asomo de decadencia.
Esa misma brújula ha guiado mi vida. Mi historia no comenzó conmigo; inició con la audacia de mis abuelos, hombres y mujeres de raíces panameñas y venezolanas que, con una visión empresarial y familiar nítida, decidieron un día plantar sus raíces en Barranquilla.
Ese ímpetu permitió que mi padre, exalcalde de la capital del Atlántico y empresario con dotes gerenciales extraordinarias, continuara expandiendo ese legado con una tenacidad admirable.
No obstante, esa fuerza pública y empresarial no habría sido posible sin el soporte de mi madre. Ella fue una mujer que, desde la discreción, pero con una determinación inalterable y una claridad política precisa, guio sus pasos hacia el éxito. Esa mezcla de gestión, visión y valores éticos es el patrimonio real que recibí.
Por eso, a mis hijos les recuerdo constantemente de dónde vienen. No es un ejercicio de nostalgia; es una estrategia de supervivencia personal. Documentar nuestra historia -lo que hicimos, lo que superamos y lo que soñamos- es el único freno real a esa ley natural que empuja a las nuevas generaciones a perder de vista la esencia.
Mi invitación a todas las familias y empresarios es clara: para que el relevo no sea colapso, debemos convertir la historia familiar en un documento vivo. Debemos contarles a los jóvenes las crisis superadas y las apuestas arriesgadas.
El honor a los antepasados es el combustible que evita que las organizaciones se conviertan en “cascarones vacíos”. Solo entendiendo el esfuerzo de ayer tendremos la madurez para liderar los desafíos de mañana.
Proteger a una persona gay de la discriminación es una obligación del Estado y de toda la sociedad. Pero eso no requiere validar la idea de que la orientación sexual es una identidad política
Al final fueron unos 104 puntos, en 50 municipios y siete departamentos, sin mencionar el número de empleados y 63 años de historia, toda una experiencia