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Analistas 15/05/2026

El valor de maternar

Brigitte Baptiste
Rectora de la Universidad Ean

Muchas personas celebran el Día de la Madre como un gesto de aprecio al amor y la dedicación hacia aquellas mujeres que invirtieron parte de su vida en la reproducción biológica y cultural de sus sociedades.

Pese al reconocimiento, sin embargo, la demografía va en picada, y no solo en Occidente, sino a escala planetaria: algo muy sano para las demás especies, si logran aguantar el peso del Antropoceno; algo muy grave para las economías y el recambio generacional. En China, la política de un solo hijo derivó en la preferencia cultural por los hombres, implicando al menos 20 millones de abortos femeninos selectivos en menos de 40 años, con lo cual ese país entró en una ruta de envejecimiento drástica e insostenible, con efectos tan graves en su vida económica como los observados en Japón, Corea del Sur y toda Europa.

Los patriarcados reaccionan culpando al feminismo y comienzan a hablar y a tomar medidas para recuperar el control de los cuerpos de las mujeres, como hacen los protagonistas de The Handmaid’s Tale, de Margaret Atwood, insistiendo en la recuperación de una “naturalidad” en los roles de género que ellos mismos y sus dioses inventaron a conveniencia, y que se manifiesta en lo cotidiano con una avalancha de violencia, no solo contra las mujeres, sino contra todo aquello que manifieste autonomía en la feminidad, sin considerar que las maternidades humanas son radicalmente diferentes a las de los demás animales porque, en teoría al menos, estamos en capacidad de darles un sentido de derecho que ninguna otra especie propone, así veamos sus actos reproductivos y de cuidado con admiración y, tal vez, un germen de cultura, al menos en los demás mamíferos. Pero valoramos las maternidades animales a través de los mismos lentes subjetivos de nuestra experiencia emocional e inventamos comportamientos humanizados donde solo está operando la programación genética de las especies (no por ello menos maravillosa). Los naturalismos urbanos y nostálgicos, que dan lugar al “efecto peluche” y sus animalismos derivados, ayudan a infantilizar a “las mamitas” en el trabajo o en el sistema de salud y, en general, a las mujeres, que por su condición de gestantes potenciales podrían traer al mundo esos animalitos tan simpáticos que luego enviaremos a “aprender” a la escuela, con la esperanza de liberarles de la guerra o del desempleo.

Imposible rescatar el valor de las maternidades sin reconocer las profundas implicaciones vitales que la decisión de gestar o criar conlleva para las personas que las asumen. No basta con palmaditas en la espalda y tarjeticas de celebración; no basta con jubilación temprana. Las maternidades significativas se producen en la solidaridad y la experiencia colectivas, donde el trabajo que implican se comparte entre muchos y muchas y no puede ser reemplazado con un señuelo monetario, sino con una verdadera política de género orientada al cuidado, no a la domesticación. Las madres en la comunidad trans, por ejemplo, emergieron como respuesta al abandono y la discriminación en sociedades donde escoger la identidad de género se castiga cada vez con más frecuencia con la violencia o la muerte. Adoptar en parejas homosexuales, acudir a la maternidad subrogada (en pleno debate legislativo en Colombia), acoger migrantes y desplazados, o dedicar la vida a proteger y dar sentido a infancias sanas, alejadas de prejuicios y matoneo, son formas de convertir lo que dispuso la evolución en actos amorosos, que son los que nos hacen verdaderamente humanos.

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