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Amor y control

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Juan Carlos Zuleta Acevedo - juanzule@yahoo.com Consultor en Emprendimiento e Innovación

Después de la última jornada de protestas, hubo dos hechos que me causaron desconcierto: ver al alcalde de Medellín, Daniel Quintero, limpiando un graffiti hecho por unos desadaptados que se tomaron el Hotel Dann Carlton del barrio El Poblado; y al secretario de gobierno de Bogotá, Luis Ernesto Gómez, haciendo un cordón humano en la calle 26 para evitar supuestamente actos de violencia, pero, tal como se vio en los videos, tuvo que salir corriendo cuando comenzaron los desmanes.

¿Por qué me llamó la atención la actitud del alcalde Quintero? El artículo 315 de nuestra Constitución establece cuáles son las atribuciones de los alcaldes; específicamente dice: “Conservar el orden público, de conformidad con la ley y las instrucciones y órdenes que reciba del Presidente de la República y del respectivo gobernador.

El alcalde es la primera autoridad de policía del municipio. La Policía Nacional cumplirá con prontitud y diligencia las órdenes que le imparta el alcalde por conducto del respectivo comandante”. Y en los numerales siguientes se mencionan todas las herramientas con las que cuenta para poder desempeñar las funciones que le ordena la Constitución. Por cierto, en ninguna parte dice que su labor consiste en limpiar vidrios y paredes.

Luis Ernesto Gómez también tiene claramente definidas sus funciones: “La Secretaría Distrital de Gobierno tiene por objeto orientar y liderar la formulación y seguimiento de las políticas encaminadas al fortalecimiento de la gobernabilidad democrática en el ámbito distrital y local, mediante la garantía de los derechos humanos y constitucionales, la convivencia pacífica, el ejercicio de la ciudadanía, la promoción de la paz y la cultura democrática, el uso del espacio público…”.

¿Qué tienen en común las actitudes del alcalde Quintero y de Luis Ernesto Gómez? Son bonitas demostraciones simbólicas de civismo, pedagogía y cultura ciudadana que terminan siendo ridículas e inútiles, sobre todo porque ambos cuentan con toda la autoridad y todas las herramientas que les ha conferido la ley precisamente para evitar que las protestas se salgan de control y no tener que llegar después de los actos vandálicos a limpiar las paredes y a recoger los vidrios rotos, en el mejor de los casos.

Mucho se ha hablado del derecho a la protesta y los manifestantes tendrán razones válidas para marchar, pero cuando se ven afectados el orden público, la movilidad, los bienes inmuebles públicos y privados, el comercio y el trabajo de tantas personas, ahí es cuando los gobernantes deben actuar contundentemente, pues no pueden permitir que sean vulnerados los derechos de toda una ciudad por un grupo de vándalos cuyo único objetivo es sembrar el caos.

Ya lo dijo el gran Rubén Blades en el coro de su canción que se titula igual que esta columna: “Cuánto control y cuánto amor tiene que haber en una casa, mucho control y mucho amor para enfrentar a la desgracia”. Señores gobernantes: parece que se les está yendo la mano con el amor y les está faltando control.

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