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El pensamiento crítico y el sistémico no se imparten como las disciplinas tradicionales; no son contenidos para memorizar ni listas de reglas de alguno de los paradigmas, sino de tener posturas vitales ante la realidad. En la academia, su fin no es recitar definiciones de sistemas, sino desarrollar la capacidad de procesar la complejidad. Por ello, quien carece de estas facultades no puede fomentarlas en otros. Aunque su formación sea un objetivo prioritario para el Ministerio de Educación y las instituciones de educación, surge una dolorosa paradoja: estas capacidades suelen estar ausentes en las instancias directivas y en parte del cuerpo docente. Incluso, hay quienes, desconociendo el legado de la Escuela de Frankfurt, confunden el dogmatismo radical y el activismo con el verdadero pensamiento crítico.
Hoy vivimos en un entorno diseñado para neutralizar el juicio propio. Como he mencionado en otros artículos, el scroll infinito de las redes sociales no busca que pensemos, sino mantenernos conectados en un estado de pasividad, de idiotez. Los algoritmos, diseñados para la gratificación instantánea, alimentan lo que Daniel Kahneman llama el “pensamiento rápido”, reforzando sesgos, pasiones y placeres básicos. Mientras tanto, el pensamiento crítico -el “pensamiento lento”- requiere un tiempo y un esfuerzo que la actual “infoxicación” de memes y noticias falsas intenta erradicar. Preferimos verdades cómodas que nos eviten enfrentar un mundo complejo.
Si el pensamiento crítico es el filtro para distinguir la verdad de la mentira, el pensamiento sistémico es el lente que nos permite comprender cómo se conectan los hechos y sus implicaciones. Sin embargo, nuestra cultura premia la fragmentación y el cortoplacismo. Los políticos suelen gastar tres años entendiendo cómo funciona el Estado y, ante la falta de visión sistémica, lanzan “soluciones mágicas” que ofrecen beneficios inmediatos, pero destruyen el ecosistema social a largo plazo. Como en el modelo del iceberg de Hemingway, solo vemos los eventos superficiales, ignorando las estructuras y los patrones ocultos que los producen.
El pensamiento crítico no es un discurso reciente, sino el resultado de siglos de construcción, corrección y evolución. Hace 25 siglos, Sócrates proponía la mayéutica para exponer las contradicciones de las ideas preconcebidas. Así mismo, hace cuatro centurias, Francis Bacon nos advertía sobre los “ídolos” de la mente -los sesgos de la tribu, la caverna, el foro del mercado y el teatro- que nos aferran a prejuicios e ideologías y distorsionan nuestra percepción.
De Kant, comprendimos que el mundo no lo vemos como es “en sí”, sino como nuestra mente lo organiza, dando paso al pensamiento sistémico “blando” que luego consolidaría Peter Checkland. En el siglo XX, la Escuela de Frankfurt alineó el pensamiento crítico con el pensamiento sistémico buscando la emancipación social por la acción al comprender el sistema y sus estructuras, mientras que pioneros como John Dewey, Alexander Bogdánov permitieron que Norbert Wienner, Ludwig von Bertalanffy o Bateson pusieran las bases para una ciencia que es la base del pensamiento sistémico y nos enseñaron que la realidad no es una línea recta, sino un complejo bucle de retroalimentación donde cada respuesta altera el siguiente estímulo. En Colombia, el “sistema” educativo carece, irónicamente, de visión sistémica. Un sistema no es una colección de partes, sino el conjunto de sus interacciones. Hoy, nuestros actores se comportan como un archipiélago de islas sin interacción: el Ministerio, las secretarías de educación, el Sena, las escuelas y las instituciones de educación superior operan sin sinergia, cada una busca sus propios objetivos que no siempre están alineados con las necesidades de los territorios ni del país.
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