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Más allá del éxito de las novelas turcas en nuestra televisión, Colombia debería tener muy presente un episodio económico de ese país y evitar cometer los mismos errores. El carismático presidente Recep Tayyip Erdogan, nacido en un barrio popular de Estambul, la ciudad más importante de Turquía -de la cual fue alcalde entre 1994 y 1998-, una vez en ejercicio de su mandato se convirtió en un gran crítico de la política monetaria del Banco Central de su país. Erdogan afirmaba que: “Ciertamente no creemos en las tasas altas. Bajaremos la inflación y el tipo de cambio con una política de tasas bajas… Las tasas altas enriquecen a los ricos y empobrecen a los pobres. No lo permitiremos”.
Las críticas a las tasas de interés no ocurrían en el abstracto. Erdogan se encargó de estigmatizar al Banco Central de Turquía, con una campaña de descrédito no solo institucional, sino también personal.
Durante su primer mandato, Erdogan impulsó el referéndum de 2017, que transformó el sistema parlamentario en presidencial, debilitó la independencia judicial, la prensa libre y la oposición política, y le dio vía libre para nombrar y remover por decreto a los gobernadores del Banco Central, como ocurrió entre 2019 y 2021. En ese período, el Banco Central turco tuvo cuatro gobernadores, el último de ellos, un profesor y columnista, defensor de posturas monetarias heterodoxas.
A pesar de la amplia evidencia que sustenta que los bancos centrales deben subir tasas de interés para reducir la inflación, Turquía se embarcó, como en una novela, en un experimento inédito. Bajo la presión de Erdogan, el Banco Central de Turquía recortó las tasas entre finales de 2021 y 2023, pasando de 19% a 8,5%, con la promesa de reducir la inflación. Los resultados no fueron sorpresivos para los economistas, pero resultan igualmente ilustrativos: la inflación se disparó hasta alcanzar cerca de 85% anual en octubre de 2022, la más alta de ese país en 24 años.
Por su parte, la lira turca se desplomó, perdiendo alrededor de 44% de su valor solo en 2021. Entre marzo de 2021 y mayo de 2023, período del experimento de tasas bajas para controlar la inflación, la moneda turca se devaluó 131%. Para ponerlo en términos domésticos, esta devaluación, en el caso de nuestra moneda, implicaría pasar del nivel actual de 3.770 pesos por dólar a uno de 8.720.
Muchos ciudadanos turcos, frente a la debilidad de la lira, aumentaron de manera importante sus ahorros en dólares, incrementando los depósitos bancarios en moneda extranjera y amplificando la devaluación. Dichos depósitos llegaron a representar un máximo de 53% del total de los depósitos bancarios en octubre de 2022. El menor ahorro en moneda local generó una presión adicional sobre las tasas de interés internas, haciendo que las tasas de crédito, como las hipotecarias, superaran niveles de 40%.
Tras el caos económico, Erdogan nombró en 2023 a un nuevo ministro de Finanzas y a una nueva gobernadora del Banco Central, quienes dieron marcha atrás a la política monetaria heterodoxa, elevando agresivamente las tasas de interés de 8,5% a 50% entre 2023 y 2024, para intentar estabilizar la economía, aunque el daño ya estaba hecho. No queda duda de que el experimento fue fallido y, años después, la economía turca todavía sigue pagando los platos rotos. Tras el drama turco, Colombia debería aprender la lección y evitar un refrito local.
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