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Ortega y Gasset decía que había tres clases de gobernantes: los escrupulosos, los pusilánimes y los estadistas. Los primeros, decía, tenían buenas intenciones, pero eran timoratos, carecían de fuerza y audacia y preferían apegarse a las formas jurídicas para esconder su mediocridad. Esto los hacía ineficaces. Después estaban los pusilánimes, que carecían de visión. No tenían “política de mar”, en palabras del filósofo. Buscaban resultados de corto plazo y el mantenimiento de su imagen. Invariablemente, por su mezquindad y ego, estancaban el desarrollo del Estado.
Y estaban los estadistas, que eran los líderes con “virtudes magnánimas”. Esos son los que piensan a largo plazo; los que no tienen miedo de tomar decisiones difíciles, así sean impopulares o antipáticas. El hombre de Estado tiene “intuición histórica”, es decir, sabe qué requiere su país más allá de lo inmediato. Es aquel que está por encima de la mentalidad del “hombre-masa”, que no es otra cosa que el vulgo en su versión moderna y activa, la cual solo busca la comodidad y le huye a la exigencia personal.
Germán Vargas Lleras era un estadista en todo el sentido orteguiano de la palabra. Tenía “política de mar”. Sabía pensar en grande y sabía ejecutar. Tenía claro para qué era el poder: para hacer cosas. Quería construir un mejor país. A diferencia del demagogo, que usa y abusa de la retórica para encender las pasiones más bajas sin resultado alguno, salvo su propio beneficio, Vargas Lleras dedicó su vida a crear las condiciones para que todos los colombianos pudiéramos vivir mejor.
Desde que fue concejal de Bogotá, una de sus primeras promesas de campaña fue vías sin huecos y, dentro de las facultades que tiene un concejal, cumplió. Luego, en el Senado, los logros se fueron acumulando: leyes antimafia, extinción de dominio exprés, estatuto anticorrupción, reforma del sistema penal acusatorio, etc. La lista es interminable.
Cuando los abusos de la “paz del Caguán” se volvieron insostenibles, hizo un poderoso debate que llevó al fin de la zona de distensión. Esto casi le cuesta la vida en dos ocasiones. Vargas Lleras tenía lo que antes llamaban “valor civil”: la decisión y el carácter para jugarse la vida si eso lograba el bienestar de la patria.
Sin embargo, la voluntad no basta para hacer grandes cosas. Para hacer un país mejor se necesita disciplina y constancia. Trabajo duro. Los discursos histéricos en plaza pública, lo hemos aprendido en estos últimos años, no cambian las cosas. Cuando Vargas Lleras propuso construir 100.000 viviendas gratis -parte de una efectiva política de industrialización que poco se reconoce-, pocos le creyeron. Hizo muchas más.
En 2018 había llegado su momento. Era el hombre indicado en el momento indicado. Mejor hubiera sido Vargas Lleras. Él estuvo en ese momento a la altura de las circunstancias, pero su país, quizás, no.
Nos hará mucha falta a sus amigos. Quienes tuvimos el privilegio de conocerlo sabemos que detrás de ese ser distante había una persona íntegra, humana, llena de humor y ganas de vivir. Que descanse en paz y que su memoria no se olvide.
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