.
Analistas 30/04/2021

¿Y si no hay reforma?

Jorge Restrepo
Profesor de la Universidad Javeriana

El proyecto de reforma fiscal está en grave riesgo. La cerrada alianza de liberales, radicales y verdes -con base en desinformación interesada-, la indignación justa -que ha producido el hambre y la caída generalizada de ingresos de la más profunda recesión que ha vivido Colombia- y la escasa capacidad política de un gobierno minoritario y fragmentado, cerrado al diálogo social, tiene a punto de fracasar la más progresista propuesta de impuestos que ha considerado el Congreso en mucho tiempo.

Aun cuando la reforma no se salvará con argumentos, es bueno preguntarse quién gana y quién pierde sin esa reforma.

Lo primero que subiría es la tasa de interés: gobiernos locales, empresas y consumidores pagarán más por lo prestado. El tesoro nacional verá un nuevo deterioro de su posición fiscal, al tener que pagar más por la deuda pública. Con más carga de deuda, subirá la probabilidad de que quiebren las empresas que aún aguantan la contracción de la economía, en particular de servicios como alimentación, hotelería y educación.

Al tener todos que pagar más por el crédito, queda menos ingreso disponible para el consumo en las familias. Esta es una segunda pérdida irrecuperable de bienestar para los hogares, tras la pérdida de empleos y la compresión de salarios por la recesión.

No, el demonio al que debe temerle César Gaviria no es Carrasquilla. El temible demonio para todos está en el mayor costo del capital, la deuda, y lo que pagamos por el endeudamiento para financiar consumo e inversión. Cada hipoteca, cada tarjeta, cada crédito. Y ni hablar de un cierre del crédito internacional que nos dejaría sin poder navegar estas aguas tormentosas. Sin el crédito barato que hemos tenido hasta ahora, sin más tributación y sin una autorización legal para los gastos de emergencia no pueden continuar los pagos a familias y empresas.

Pierden así el millón y medio de hogares que hoy reciben el “ingreso solidario” del tesoro nacional y los pagos de asistencia de Bogotá, parcialmente financiado con gasto nacional. Ninguno de los dos programas está financiado más allá de unos pocos meses. Tampoco podrá continuar el Paef. Pierden el ingreso esperado más de tres millones de hogares pobres que no recibirán la devolución del IVA, impuesto que hoy ya pagan y seguirán pagando sin esa compensación, que hoy sólo recibe un millón de hogares pobres. Pierden las pequeñas y medianas empresas que tienen un bajo nivel de utilidades, pues seguirán pagando impuestos a la misma alta tasa de las grandes corporaciones.

Sin reforma, en cambio, muchos ganan. Ganan los dueños de las empresas con billonarias exenciones, descuentos y “ayuditas” en el pago de impuestos a las utilidades que elimina -no todas, pero sí muchas- la fallida reforma. Ganan los más ricos, no la “clase media”, quienes tienen altísimos ingresos, los que reciben más de $10 millones al mes, y que no pagarán más, cómo lo propone la reforma.

Ganan los que están en la enorme economía gris, la del efectivo, que no pagan impuestos sobre su ingreso, porque no les retienen el impuesto en la fuente ni declaran ingresos.

También ganan las empresas y profesionales independientes, que pueden seguir descontando los impuestos sobre cada factura que le tributan a las ciudades y que hoy asume el tesoro nacional.

Finalmente, ganan todos los hogares de clase media y alta que mantendrán buena parte de su consumo libre de IVA, entre $150.000 y $400.000 de subsidio por familia, al mes, dependiendo de su ingreso.

No es que nos quedemos en el status quo, como lo venden los políticos de la “alianza contra el progreso”: sin reforma, tendremos un país con más pobreza, más inequitativo, con menos empleo para mujeres y jóvenes, con menos inversión productiva, en suma, con una economía más chiquita y marcada por la injusticia, la base del populismo.