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Cada cuatro años el mundo parece sincronizarse alrededor de un mismo evento. Durante un mes, miles de millones de personas organizan sus horarios alrededor de los partidos, las conversaciones giran en torno a los resultados y la atención global se concentra en unas pocas ciudades. El Mundial es, sin duda, el mayor espectáculo deportivo del planeta, pero también uno de los fenómenos económicos más interesantes de observar.
Detrás de cada gol existe una enorme industria de entretenimiento en movimiento. Los derechos de transmisión, la publicidad, los patrocinios, las plataformas digitales, el turismo y el comercio asociado convierten al torneo en un motor económico global. No es casualidad que la Fifa haya obtenido ingresos por US$7.568 millones durante el ciclo mundialista de 2022. Para el Mundial de 2026, distintas estimaciones apuntan a impactos económicos que podrían superar los US$40.000 millones a escala global, una cifra similar al PIB de Paraguay.
Ese impacto trasciende a los países organizadores. Incluso en economías ubicadas a miles de kilómetros de los estadios se observan aumentos en el consumo asociado a la experiencia de ver los partidos. Restaurantes, bares, hoteles, operadores de televisión, plataformas de streaming, comercios minoristas y empresas de publicidad encuentran en el torneo una oportunidad para ampliar ventas y audiencias. Cada partido genera consumo de contenido, interacción digital, campañas comerciales y decisiones de gasto alrededor del planeta.
Por eso, más que un evento deportivo, el Mundial demuestra el creciente peso de las industrias del entretenimiento en la economía global. Durante décadas, el crecimiento se explicó principalmente a partir de sectores tradicionales como la manufactura, la construcción, la infraestructura o el comercio. Hoy, la capacidad de crear experiencias, capturar audiencias y monetizar contenidos se ha convertido en una fuente cada vez más relevante de actividad económica. La economía moderna también depende de industrias capaces de transformar la atención en valor agregado.
Colombia no es ajena a esta realidad. Aunque el país no alberga partidos ni recibe los flujos masivos de turistas que llegan a las sedes mundialistas, sí participa de la dinámica económica que genera el torneo. Según estimaciones de la Secretaría Distrital de Desarrollo Económico, el Mundial de 2026 podría generar cerca de $1,6 billones en actividad económica para Bogotá, impulsado por un mayor gasto en entretenimiento, alimentos, bebidas, transporte y tecnología. Solo el comercio podría registrar un incremento cercano a $377.000 millones durante el período de competencia.
Pero quizás el efecto más importante no está en las ventas adicionales ni en los balances empresariales. El Mundial también evidencia el papel de la confianza y las expectativas en la economía. Durante algunas semanas, millones de personas se reúnen, salen más, consumen más y participan en espacios de entretenimiento. Sectores enteros se benefician de un ambiente de mayor dinamismo que difícilmente puede explicarse solo desde los indicadores tradicionales.
En un contexto donde suelen predominar las discusiones sobre desaceleración, incertidumbre o restricciones fiscales, el Mundial ofrece una perspectiva distinta. Nos recuerda que la economía también se mueve a través de experiencias compartidas, emociones colectivas y espacios que fortalecen la interacción social. Detrás de cada transmisión, restaurante lleno y pantalla encendida existe actividad económica real que genera ingresos y empleo. Ese es, quizás, el otro gol que vale la pena mirar.
Tal vez esa sea la principal enseñanza. En una economía cada vez más digital, conectada y basada en experiencias, el entretenimiento dejó de ser un sector complementario para convertirse en un motor relevante de crecimiento. Los goles duran segundos y el torneo apenas unas semanas, pero su impacto va mucho más allá del marcador. Cuando millones de personas encuentran una razón para reunirse, celebrar y compartir una misma pasión, la economía también gana su propio partido.
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