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Balcanización de internet: bandera política sin fondo técnico

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Hace unos días, la canciller alemana Angela Merkel se unió a otros mandatarios internacionales víctimas del famoso espionaje de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA por sus siglas en inglés) al anunciar que propondrá una red europea que evite que los datos de sus ciudadanos pasen por servidores estadounidenses. Un proyecto como este, de por sí inmensamente complejo técnicamente, si se llevara a cabo podría cambiar el internet para siempre. La propuesta de la Canciller apunta a que los datos de los ciudadanos de la Unión Europea no tengan que abandonar su territorio, algo contrario al espíritu que hizo que el internet se popularizara gracias a la facilidad de interconexiones internacionales.

En la actualidad, la información que corre por la red no tiene barreras ni respeta fronteras, de manera que si una persona en Colombia se comunica con un amigo suyo en Madrid mediante Facebook, su información viajaría de manera transparente por líneas dedicadas, cables submarinos o señales satelitales y en algún momento tendría que pasar por alguno de los tres centros de datos de la compañía, localizados en los estados de Oregon y Carolina del Norte o en la remota ciudad de Luleå, situada cerca del círculo ártico en Suecia. 

La presidente de Brasil se ha sumado a la idea de crear regulaciones que prohíban el libre tráfico y almacenamiento de la información de los ciudadanos de cada país, una iniciativa que muchos han visto como una “balcanización” del internet, haciendo uso de un término geopolítico proveniente del proceso de fragmentación o división de la Península Balcánica ocurrido en el Siglo XX. 

Partiendo del hecho de que la apertura y la eficiencia hicieron del internet una fuente de crecimiento económico mundial, representando más de una quinta parte del crecimiento del PIB de las economías avanzadas en los últimos cinco años, sería absurdo pensar en transformarla en un mosaico de redes nacionales con “fronteras” virtuales” y peajes, más allá de que las consecuencias económicas serían nefastas. El Internet no fue construido pensando en la división geopolítica del mundo, la red fue planteada de manera que el flujo de datos se encamine por la ruta más corta y más barata para viajar de un punto a otro. Hacer que el tráfico sólo viaje por conexiones “nacionales” requerirá inversiones innecesarias en la infraestructura, generando un impacto directo en el costo para los usuarios.

Para nadie es claro qué se ganaría poniendo estas “fronteras” y si realmente se conseguiría el objetivo de garantizar la privacidad de la información de los ciudadanos o evitar el espionaje a gobiernos y mandatarios. Pareciera ser más lógico que en lugar de tomar medidas unilaterales, los países líderes de cada región, deberían utilizar foros internacionales como las Naciones Unidas para, aunque suene un poco idealista, condenar ciertas prácticas de espionaje y vigilancia de los ciudadanos. El debate es muy complejo porque implica el establecimiento de mecanismos de control no solo del monitoreo de las comunicaciones sino del almacenamiento y el posterior análisis de la información. La vigilancia y el control de la información no son prácticas nuevas, los espías vienen desde la guerra entre los egipcios y los hititas, en el siglo XII antes de Cristo, no es un secreto que Austria en el siglo XIX era un estado policial con espías infiltrados en todos los estamentos, sin prensa independiente y con un control estricto sobre la información y la literatura circulante. 

El dilema de los gobernantes es encontrar un balance entre la defensa de las libertades civiles y el reto que implica proteger a sus ciudadanos de la inseguridad, 

Es claro que existen maneras para contrarrestar los programas de vigilancia masivos e indiscriminados, pero son medidas técnicas más complejas que las que se han manifestado públicamente por los políticos, confirmando la necesidad de mejores asesores tecnológicos y ministros de tecnología de la información.

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