En épocas en que la posverdad, las fake news y las publicaciones hechas a la medida de los intereses de cada consumidor gozan de evidente predilección sobre las noticias que invitan a la reflexión o que requieren de un mínimo de análisis y de criterio por parte de quien las recibe, no es necesario hacer ningún esfuerzo para ser pesimista. Ni en Colombia, ni en ningún rincón del planeta.

Para graduarnos de pesimistas basta exponernos a la avalancha de referencias que nos abruman, desde las descontroladas redes sociales o los canales de influenciadores caricaturescos, que en nada promueven una mentalidad constructiva y dejan, por el contrario, una sensación de desasosiego que nos convierte en víctimas de la desesperanza.

Políticos que mienten sin sonrojarse, en abierto desafío a la inteligencia de los ciudadanos; alcaldes que subordinan el deber de gobernar a sus intereses de carrera; ministros que se escudan tras un vocabulario etéreo y cursi para ocultar su ineptitud; parlamentarios que de manera irresponsable promueven marchas multitudinarias, desconociendo la obligatoriedad del distanciamiento social; gobernadores que manejan el erario público como si se tratara de su propio pecunio; contratistas del Estado que se enriquecen alimentando estudiantes con bazofia; padres de familia que le entregan a maestros incompetentes la indelegable responsabilidad de formar a sus hijos; empresarios que acogen sin remordimiento todas las prácticas de competencia desleal imaginables; líderes sindicales que exigen beneficios incongruentes con la realidad económica del país; profesionales serios cuya preparación sucumbe ante las tesis incendiarias de los caudillos de moda; periodistas que desinforman para mejorar sus niveles de audiencia; comerciantes que abusan de los precios y curas que abusan de los niños; jueces corruptos y fiscales segados; delincuentes que asesinan en Transmilenio y policías que hacen poco por evitarlo. Lejos de ser exhaustiva, la lista podría ser tan extensa como desalentadora.

Frente a esta permanente erupción de información perversa, que para algunos es el origen de la polarización que vivimos, pero que en realidad es el resultado de añadir indiferencia colectiva al afán de algunos por imponer sus propias agendas atropellando el interés general, no todo está perdido.

Podemos torcerle el pescuezo a esta tendencia si adoptamos algunas medidas sencillas. Comencemos por cambiar la forma como abordamos la cotidianidad: dejemos de enfocarnos en las dificultades o en los obstáculos, para concentrar nuestras energías en aquellas cosas que queremos lograr y en el rumbo a seguir para conseguirlas. Es decir, navegar las soluciones sin naufragar en los problemas.

La visión de corto plazo es enemiga del optimismo, porque esa miopía voluntaria impide ver la luz al final del túnel. Vale la pena esforzarse por buscar, encontrar y acordar metas colectivas de más largo plazo y apuntarle con ahínco a esos objetivos. El simple hecho de saber que hay puntos de encuentro nos ayuda a enfocarnos en esas coincidencias, a desterrar la intolerancia y a aceptar que la armonía es mejor que la discordia.

Conviene tomar acción sobre lo que podemos controlar, en lugar de preocuparnos en vano por aquello está fuera de nuestro dominio: no hacernos los de la vista gorda frente a la inmoralidad, alzar la voz contra la corrupción y dejar de juzgar a nuestros semejantes, son algunas tareas que podemos asumir desde hoy para crear inercia positiva y así conquistar ese optimismo tan deseado por todos, pero hasta ahora tan esquivo.