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Tasa de cambio

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Gustavo Moreno Montalvo Consultor independiente

Así dependan cada día más los unos de los otros, los países pretenden ser autónomos. Por esta razón, suelen tener moneda propia, cuyo valor fluctúa en los mercados según percepciones de productividad, flujos de emigrados, flujos de inversión y operaciones especulativas. Es posible compartir monedas, pero solo conviene en general a quienes tengan elementos similares en su estructura económica, movilidad efectiva de mano de obra entre sí, y compromisos en materia de gasto público para evitar inconsistencia entre la política monetaria y la fiscal. Lo ideal es la plena integración política entre países con potencial para la unión monetaria, pero es difícil derrotar las reticencias de quienes se enquistan en el poder en cada país, de una parte, y los prejuicios ideológicos de las poblaciones, de la otra.

En la Unión Europea, con elevado nivel de educación y bienestar material, el compromiso en materia fiscal entre los países que adoptaron el euro, es limitado, y las condiciones sociales y culturales no son suficientes para que lo pactado en Maastricht en 1992 funcione bien. Algunos, como Gran Bretaña, se beneficiaron de los avances en materia de integración comercial y de flujo de capitales, sin adherirse a la nueva moneda, el Euro, ni asumir los compromisos correspondientes. Hoy solo 19 de 28 países miembros de la Unión Europea usan la moneda común, y el desarrollo de los vinculados tras la terminación de la ocupación soviética en Europa Central aún es inferior al de los 12 firmantes originales. En el caso de los países latinoamericanos que han acogido el dólar de EE.UU., los resultados han sido mixtos: a Panamá, país sin mucha estructura productiva propia, le ha ido bien, porque ha orientado su economía a servicios atados a su ubicación estratégica, con foco en finanzas, comercio y, en años recientes, turismo.

En contraste, los resultados para Ecuador no han sido tan buenos. La medida se tomó a principios del año 2000, por el colapso del Sucre, la moneda nacional. Durante la fase de desvalorización del dólar en relación con otras monedas en las cuales se hacen transacciones internacionales, la economía exportadora de productos primarios, cuyo precio creció con el impulso del crecimiento de China, floreció. Cuando las cosas cambiaron y el dólar se fortaleció, sus productos perdieron competitividad y la economía se estancó. Por su parte, los países de África que usan el antiguo franco son pobres y tienen muchos problemas políticos y sociales que se podrían enfrentar con integración plena, pero eso no va a ocurrir por los egoísmos señalados.

La situación de Colombia en materia de tasa de cambio hoy ilustra las consecuencias del desorden institucional: el fisco depende del petróleo para su gasto marginal, de manera que un colapso de la Opep inhibiría el crecimiento de la demanda agregada por un tiempo, y preocupa el enorme déficit de cuenta corriente, por exceso de importaciones frente a exportaciones, pese a la magnitud de los dineros enviados por expatriados, del orden de US$6.000 millones. El déficit de balanza de pagos se cubre con el ingreso de capitales para atender inversiones con orientación al petróleo, que pueden perder atractivo si el precio del oro negro cae. La productividad del sistema económico es muy baja. Las perspectivas no son claras y los líderes públicos y privados parecen no entenderlo, y así no habrá futuro.

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