Libertad y orden

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Proteger y alimentar la libertad como objetivo es razón de ser de lo público hoy. Es propósito necesario, así haya limitaciones para su materialización real.
Si bien somos producto de genética y contexto, y el contexto de hoy refleja en algún grado la genética que nos precede, el biologismo no puede desdibujar la tarea para cada uno de nosotros, de encontrar motivo para escoger, y hacerlo bien.

La defensa de la libertad tiene que abordar asuntos complejos. Uno de especial importancia es la definición del procedimiento para descalificar a quienes cuyas conductas apuntan a tendencias psicóticas y peligrosas, así no se hayan materializado faltas sancionadas. También es necesario confrontar el exceso libertario: toda actuación de una persona afecta a todas las demás, así sea en mínimo grado, e incide de una u otra forma en el entorno; de allí la importancia de revisar en forma recurrente la distribución de preferencias de cada quien.

Privilegiar al prójimo, al más cercano, era más fácil antes de que las herramientas de comunicación redujeran las distancias a punta de dígitos binarios. Ahora sabemos que estamos todos en la misma flota, la de la especie humana, y que las diversas naves que la componen deben guardar armonía.

En Colombia hay polarización porque en medio de la guerra de la coca hubo acuerdo con la cúpula del elemento más ordenado y menos sanguinario entre los enemigos de la institucionalidad, a raíz del cual se desmovilizaron 7.500 soldados.

Los directivos del ejército enemigo se van a salvar del castigo que merecerían sus conductas reprochables, quizá muchas de ellas imputables a la condición bélica, que alimenta inclinaciones horribles. Lo cierto es que nuestro ejército no pudo derrotar a esa tropa, y que desde la perspectiva de la búsqueda de libertad ha sido buena solución en este caso hacer un mal negocio. Lo que sí es obstáculo para la construcción de armonía es la ineficacia de las instituciones políticas de Colombia, incapaces de ocupar el territorio que la desmovilización dejó a su disposición desde que ese espacio quedó libre al terminar la marcha de tres días hace casi dos años.

Pasan los días y Colombia aún no parece entender la importancia de que haya Estado permanente en todo el territorio para que los habitantes en todas partes tengan el respeto por sus derechos fundamentales y los servicios básicos que el Estado debe prestar.

La omisión histórica en el cumplimiento del deber de ejercer el monopolio del poder coercitivo alimentó el desorden. La existencia de instituciones públicas será el primer antídoto contra los cultivos ilícitos y paso necesario para encontrar medios de subsistencia apropiados para las comunidades en esos territorios sin apelar a las oportunidades que se derivan de prohibiciones en otros países.

La guerra de la coca continúa en 80 municipios del país. El ejército enemigo remanente es de menos dimensión que las Farc, pero más inmisericorde. Eliminar los cultivos es necesario, pero no es suficiente. Se debe reconocer que hay un conflicto cuya solución depende de proveer infraestructura y servicios de seguridad, justicia, salud y educación.

Se requiere gran esfuerzo fiscal y magnífica gestión. Se necesitará imaginación y dedicación. Puede ser el motivo para encontrar el propósito que nos una de manera constructiva. El salto cualitativo del país resolverá el costo de esta epopeya.

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