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El futuro de Islam

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Gustavo Moreno Montalvo Consultor independiente

Islam surgió en ámbito desértico habitado por pastores y guerreros. Mahoma, disidente religioso y político, creó su grupo en Meca, de donde tuvo que salir para refugiarse en Medina. Su escrito, el Corán, obra maestra de la literatura, abre espacio a la experiencia interior y construye sobre el legado de Israel y de Jesús de Nazareth, a quien incluye con respeto entre los profetas que lo precedieron. Los discípulos se dividieron a la muerte del Profeta: los Shiitas querían el liderazgo de Alí, su primo casado con su hija Fátima, y los Sunitas preferían a Abu Bakr, mano derecha de Mahoma. Casi medio siglo tras el deceso de Mahoma en 632 murió en batalla su último descendiente, y los dos grupos se separaron. Irán, Iraq, Azerbayán y Qatar son de mayoría Shiita, y son incompatibles con Arabia, dominada por la secta Wahabi del brazo Sunita.

El Corán está lleno de metáforas, lo cual permite diversas interpretaciones, desde las más espirituales, que orientan al Sufismo, hasta las más intransigentes. Los países islámicos más poblados son Indonesia, Bangladesh y Pakistán, pero la participación musulmana ha crecido de manera sustantiva en África en el último medio siglo, y es clara la tendencia de Islam a ser la religión más numerosa del mundo. La sencillez de los preceptos es atractiva: declarar fe en un solo dios cuyo profeta es Mahoma, rezar cinco veces al día, ser generoso con las limosnas, ayunar en el mes de Ramadán, hacer viaje a la tumba del Profeta en la Meca una vez en la vida. Sin embargo, en la práctica es muy machista: la mujer está a órdenes del varón, quien puede tener varias, lo cual es inconsistente con la realidad social, pues nacen casi tantas mujeres como hombres y la mortalidad infantil de los hombres es mayor. En otras épocas la incidencia de la guerra, la peste y el hambre en la población era mayor, y la tasa de mortalidad de los hombres era bastante más alta; eso ha cambiado, aunque las mujeres aún tienen expectativa de vida mayor.

Lo cierto es que el mundo vive grandes cambios por cuenta de lo que Klaus Schwab, el fundador del Foro Económico Mundial, llama la Cuarta Revolución Industrial. La dinámica de las comunicaciones, apoyadas en la cibernética, va a tener impacto antes impensable en las estructuras sociales. Es inevitable que las herramientas socaven las bases del machismo, el mayor atavismo de nuestra especie. No hay que juzgar el pasado para enfrentar las amenazas por el abuso del medio ambiente y las armas de destrucción nuclear, sino asumir la tarea de construir un futuro sostenible, cuyo requisito esencial será el pleno aprovechamiento del potencial de los humanos. Las mujeres de los países donde el machismo impera habrán de rebelarse contra la opresión en algún momento. Los japoneses llegaron hace un par de años a la conclusión de que es imperativo transformar su sistema social y combatir el machismo como propósito importante del Estado, para superar el estancamiento económico y ajustarse a las consecuencias de las grandes transformaciones demográficas que desbordan todo el planeta, para así recuperar el papel que tuvieron en lo económico desde la posguerra hasta los ochenta y que llevó a Occidente al asombro en su momento. Con la igualdad de derechos de las mujeres Islam regresará a cauces de tolerancia, como los que vivió en Andalucía en cierto momento; como toda religión, se debe transformar.

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