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Colombia y Estados Unidos

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Estados Unidos fue modelo para toda Hispanoamérica: no había otra democracia liberal en el momento de independencia. De allí la inclinación de todos nuestros países por el régimen presidencial. Sin embargo, los orígenes fueron muy diferentes: las colonias de Massachusetts, Pennsylvania y Maryland fueron pobladas por disidentes, y el sur creció alrededor de plantaciones de azúcar y algodón con mano de obra esclava hasta la guerra civil de 1861-65. En contraste, en Colombia prevaleció la minería durante la colonia. EE.UU. creció muy rápido a finales del siglo XIX: era el país más rico al terminar la primera guerra mundial en 1918. La economía de Colombia fue precaria hasta terminar la Guerra de los 1.000 días, en 1902.

El interés de EE.UU. en hacer un canal en Panamá fue foco de las relaciones entre los dos países hasta que Colombia contrató el esfuerzo fallido con la compañía francesa de Lesseps. Fue apenas natural el apoyo militar norteamericano al movimiento independentista en 1903: aceptó pagar por la intervención casi 20 años después, pero hizo el canal.

Hoy Colombia tiene ingreso per cápita de cerca de US$8.000 por año, con distribución muy desigual, en tanto que EE.UU., con ingreso promedio siete veces el nuestro, tiene mejor distribución, aunque con tendencia al deterioro. Los dos países han tenido relaciones cercanas en el último medio siglo, con Colombia en papel subordinado; hubo distancia con el gobierno de Samper, por la financiación de su campaña con recursos del narcotráfico, pero la relación se robusteció en el gobierno de Andrés Pastrana para subsanar la ineficacia del Estado colombiano frente a los ejércitos enemigos en la guerra de la coca, con resultados en el gobierno de Álvaro Uribe.

Se firmó en 2006 un Tratado de Libre Comercio tan asimétrico que el Congreso de EE.UU. tuvo que enderezarlo ante la evidencia del costo para la salud pública de Colombia por excesivo recono- cimiento a las patentes para los fármacos, y solo quedó en firme en 2011. Hoy la relación bilateral está muy centrada en el narcotráfico, controlado hasta Miami por mexicanos. EE.UU. conoció el proceso con las Farc y lo apoyó, pero ha insistido en erradicar los cultivos ilícitos, cuyo aumento en tiempos recientes refleja el abandono público de la periferia en Colombia: no hay alternativas claras para los cultivadores. EE.UU. aportó la evidencia de relaciones entre Jesús Santrich, directivo de las Farc, y carteles de la droga. Sin embargo, la población americana no tiene una idea clara del impacto de la política de prohibición de la cocaína, que debe estudiarse con más rigor.

Colombia debería contratar un equipo multidisciplinario de académicos americanos de centro derecha de reputación indiscutible para evaluar el asunto. Sería probable concluir que el costo de la prohibición excede con creces el beneficio en ambos países, y que soluciones de otra índole, con foco en los procesos educativos y el tratamiento como enfermedad, producirán más reducción en el consumo que la política actual, y costarán menos dinero y problemas sociales. Mientras tanto, debemos revisar por qué nuestro Estado no fue capaz de ocupar desde el día siguiente el territorio que dejaron las Farc.

Arreglar su diseño permitirá enfrentar la corrupción y construir prosperidad con instituciones públicas menos caóticas, mejor educación y más oportunidades para todos.

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