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Presupuesto para la U. pública… de cemento

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El debate sobre el presupuesto para las universidades públicas ha estado marcado por el provincianismo extremo.
Parece que no viviéramos en la ‘aldea planetaria’ que pronostico Marshal McLuhan, sino en una ‘aldea platanaria’, donde creemos que no existe la globalización, desconociéndola como contexto indispensable.

El debate también ha estado marcado por el aplastante dominio de lo urgente (¡por la plata baila el perro!) sobre lo importante (el cambio del modelo educativo, que significa cosas muy distintas según a quien se le pregunte).
Lo que es peor: hemos entrado en una etapa donde parece que pedir cuentas sobre cómo se gasta la plata o sugerir que se pueden hacer ahorros es políticamente incorrecto.

En su libro ‘¡Sálvese quien pueda!’, el periodista Andrés Oppenheimer describe ese contexto global como uno en el que la automatización con robots y computadores con inteligencia artificial está destruyendo empleos a pasos agigantados (el mercado laboral se está poniendo patas arriba); en que muchas carreras y programas académicos se están volviendo o corren el riesgo de volverse irrelevantes; en el que el ejercicio de otras (medicina, derecho, periodismo, entre otras) está siendo completamente revolucionada; en el que el rol de los docentes como simples transmisores de conocimiento está siendo revaluado (¡Google lo hace mejor!); en el que educación virtual (con robots, realidad virtual, realidad aumentada, inteligencia artificial…) se está ofreciendo como complemento y en muchísimos casos sustituto efectivo y económico de la educación presencial; en el que las carreras técnicas y tecnológicas no se miran con desdén; en el que están apareciendo nuevas profesiones y empleos.

Oppenheimer no sacó su diagnóstico de las tripas. Es resultado de una investigación periodística, respaldada con datos de expertos e instituciones que no solo están especulando sino viviendo esta revolución que él describe como ‘tsunami digital’.

“No es un secreto para nadie que las universidades -y sobre todo sus carreras tradicionales- corren el peligro de volverse irrelevantes en un mundo donde la tecnología avanza tan rápidamente que casi todos los conocimientos “duros” que adquieren los estudiantes son inservibles cuando se reciben… ¿Podrán las universidades de cemento competir contra los cursos independientes en línea, que tiene gastos infinitamente menores? Lo más probable es que no puedan hacerlo y que para sobrevivir tengan que ofrecer una buena cantidad de clases por internet, además de las presenciales”, dice Oppenheimer en su libro.
En contraste, no solo los presupuestos de las universidades públicas colombianas son los que están anclados en el siglo 20, también ellas mismas. La innovación es solo un concepto (más teórico que práctico) que se menciona proyectado a la sociedad, no a la misma universidad.
La Universidad Nacional, la principal del país y la mas grande, no tiene ni un solo programa virtual (en el colmo de mi ignorancia, llegué a pensar que la Universidad Nacional Abierta y a Distancia era parte de la U. Nacional, lo que me tranquilizaba porque creí que estaba haciendo algo virtual. Pero ¡nada que ver!). En realidad, ella y las demás públicas no han sido permeadas por las tecnologías digitales en la medida en que debieran. Y no hay iniciativas para hacerlo en forma radical.

Dejarse permear por las tecnologías digitales, que en sí mismo entraña un cambio de modelo educativo, le permitiría a la Universidad Nacional, por ejemplo, ser realmente nacional, llegar a cualquier rincón del país. Es decir, se ampliaría la cobertura de forma dramática. La discusión sobre infraestructura física y su costo cambiaría (se optimizaría el uso de los edificios). Se abrirían oportunidades de nuevos ingresos económicos al ofrecer cursos y programas académicos virtuales. ¡Se gastaría mejor la plata asignada!

Pero para ello se requieren muchos cambios, normativos y, sobre todo, de modelos mentales, que lo permitieran. Que se asignaran los recursos económicos con otros criterios. Que las universidades establecieran qué partes de los programas requerirían la presencialidad. Que los docentes redefinieran su rol. Que ellos aceptaran el reto de acabar con el estigma (bien provinciano) de que la educación virtual es de mala calidad por definición. Que acabaran con la dicotomía estudiante virtual/estudiante presencial.

No sorprende que los rectores de las universidades, que en un acto de arrogancia y torpeza sacaron a los estudiantes de la foto para firmar un acuerdo con el presidente Iván Duque, no planteen este tipo de soluciones creativas para optimizar los escasos recursos. Lo que sí sorprende es que no lo hayan hecho los estudiantes: ‘millenials’ y nativos digitales. Es claro que la autoridad no nace de las canas o de haber nacido con un celular o tableta en la mano, sino del conocimiento y sensibilidad del tema. Y esa sensibilidad y conocimiento la tienen muchos nativos digitales, pero también muchos ‘desplazados digitales’, que traen lo mejor de los 2 mundos.

Si la explicación es que no existe voluntad o claridad para hacerlo, el Estado está en mora de convocar una segunda ‘Misión de Sabios’,

pero no la que le ‘vendió’ al Presidente Duque la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, en cuyo documento, ‘Desafíos para el 2030’, no se menciona ni una sola vez la palabra ‘digital’ en el capítulo educativo.

La primera, que conformaron hace casi 25 años, entre otros, Gabriel García Márquez y Rodolfo Llinás, buscaba “transformar la educación y propulsar el desarrollo de Colombia”, y que según críticos se quedó en el papel.

La propuesta es crear una ‘Misión de Sabios 2.0’ (para diferenciarla, no hacerla excluyente, con aquella versión analógica de la Academia, respetable y con elementos rescatables), que debería incluir una alta cuota internacional, y se debería focalizar en cómo apropiarse de las tecnologías digitales, como estrategia de Estado, para revolucionar la educación, en particular la superior. Un enfoque pragmático, y con carácter urgente.

En ese contexto, la mínima contraprestación que debería exigir el Estado a las universidades por la asignación de nuevos recursos es demostrar que están dando pasos en la dirección correcta para adoptar las tecnologías digitales.

 

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