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Analistas 23/04/2026

“Víctimas del éxito”

Guillermo Cáez Gómez
Socio Esguerra JHR
GUILLERMO CAEZ

Hace poco me reencontré con un amigo que no veía desde hacía tiempo. Hablamos de todo un poco y llegamos a una persona que ambos conocemos. En algún momento de la conversación, y a partir de contarle una experiencia con esa persona, la calificó diciendo que su actitud no era otra cosa que ser “víctima de su propio éxito”.

Y, sin duda, según la definición habitual -en la que no creo- de éxito, esa persona al menos refleja hacia el exterior que su carrera y su marca personal han crecido a un ritmo acelerado. Pero ese mismo crecimiento hoy, al menos desde mi experiencia, la tiene en un desborde laboral que, como en todos los casos, no es más que el reflejo de su desborde emocional.

En principio, se recibía de parte de esta persona una atención personalizada, con tiempos de respuesta al menos acordes con los compromisos adquiridos, con análisis y con humanidad. Y esta columna no es una queja sobre mi experiencia.

Lo que ocurre es que la frase “víctimas del éxito” me hizo reflexionar mucho y llegué a una conclusión que quiero compartirles sobre el éxito, su relación con el autosaboteo y la forma en la que, si no nos hacemos cargo de nosotros mismos, ese mismo “éxito” nos va a reventar en la cara. No lo digo desde un pedestal; lo digo porque me pesó hace unos años, cuando no sabía quién era ni cuál era mi propósito.

Empecemos por lo que entendemos por éxito. Éxito es una palabra que viene del latín exitus, cuyo significado literal es “salir”, lo que al menos a mí me lleva a pensar que no se requiere un resultado para sentirse o ser exitoso. En la vida asumimos un personaje que nos hace funcionales en el trabajo y en nuestras relaciones; un personaje que nos desconecta de nuestra esencia y que un día, “víctima de su éxito”, se desbarata con el burnout, pues, con tal de cumplir las expectativas de ese personaje, terminamos olvidándonos de nosotros mismos.

No somos el cargo que ocupamos, no somos el rol que ejercemos -mamá, papá, hijo, hermano, amigo, etcétera-; somos mucho más que lo que hacemos. Sin embargo, por lo general las personas se definen por lo que hacen y difícilmente saben lo que son. Esa es la primera señal de que estamos interpretando un personaje, de que estamos tan inmersos en él que no sabemos ni entendemos realmente quiénes somos. A mí me pasó, y ese personaje casi me lleva a acabar con mi vida hace unos cinco años.

Liderar empieza adentro, como todo en la vida. El liderazgo no es un resultado: es un proceso interno de conexión. Porque si usted no sabe quién es, imagínese cómo va a poder liderar y guiar a otros. Las empresas no son otra cosa que humanos trabajando con humanos, y cuando entendamos que los resultados, las ventas, las cifras y los indicadores se cumplen y se sostienen en el tiempo solo cuando se tiene un equipo sincronizado internamente y gestionado emocionalmente, habremos dado un paso fundamental.

El reto está en descifrar nuestro propio aprendizaje para que no nos pase lo que me pasó a mí: que por querer ser estrella terminé estrellado; que por buscar solo el resultado me olvidé de vivir, de disfrutar el viaje y de aceptar las consecuencias de mis acciones. Hoy, tan solo con salir y hacer, ya me siento exitoso. Decidí soltar el personaje y conectarme con mis equipos desde la humanidad, desde la inteligencia emocional. ¿Que si da resultado? Al menos hoy me siento en paz conmigo y en coherencia con lo que pienso y hago.

La invitación de esta columna es a que se pregunten qué personaje están interpretando y, desde ahí, se deshagan de sus expectativas para conectar con las propias. Al final del ejercicio se encontrarán con ustedes mismos, con sus equipos, y el resultado llegará solo. Y para que no les pase como a mí en su momento -y como a esa persona de la anécdota-, que terminamos autosaboteados, vale recordarlo: quien es “víctima del éxito” nunca se hace responsable de su fracaso.

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