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El inicio del año suele venir cargado de una ilusión colectiva: la idea de que algo cambia solo porque el calendario lo dice. Es bonito pensarlo, incluso necesario. La vida, al final, es una oportunidad tras otra. Pero confundir el cambio de año con un borrón y cuenta nueva es una de las mentiras que más nos contamos como sociedad. Una mentira elegante, bien empacada, socialmente aceptada, pero mentira al fin y al cabo.
Durante años -yo mismo lo hice- usé el cambio de año como excusa para empujar debajo del tapete las cargas emocionales no resueltas. Propósitos nuevos, listas nuevas, energía renovada. Todo muy inspirador. Todo muy superficial. Sin darme cuenta de que aquello que intentaba olvidar era exactamente lo que, tarde o temprano, me iba a llevar al piso. Porque el pasado no desaparece por decreto, ni las heridas sanan porque suene un conteo regresivo o se descorche una botella.
El problema no es hacerse propósitos. El problema es usar los propósitos como distracción. Como un invento sofisticado de la mente para no asumir la responsabilidad emocional con nosotros mismos y con nuestros procesos. Nos prometemos cambiar hábitos, resultados, cuerpos, ingresos o relaciones, pero evitamos hacernos la única pregunta que realmente transforma: ¿Qué no he querido mirar de mí? ¿Qué patrón sigo repitiendo?
El inicio de año se vuelve entonces una anestesia colectiva. Una pausa simbólica para no hacernos cargo de lo que duele. Preferimos hablar de lo que viene que responsabilizarnos de lo que arrastramos. Pero nada nuevo se construye sobre cimientos emocionales no revisados. Lo que no se integra, se repite. Y lo que se repite, tarde o temprano, cobra factura, en la salud, en las relaciones y en la vida misma.
La suerte no la fabrica el año nuevo. La suerte es una consecuencia. Y como toda consecuencia, responde a causas repetidas en el tiempo. A la consistencia de las acciones, no a la intensidad del entusiasmo. Nadie cambia la vida en enero; la vida cambia cuando dejamos de negociarnos en marzo, en julio o en noviembre. Cuando hacemos lo correcto cuando nadie aplaude, cuando no hay ritual, cuando no hay discurso motivacional que nos sostenga.
La vida funciona de forma sencillamente compleja. Es una paradoja práctica pues no opera con promesas, con palabrería, es con la coherencia de una secuencia de decisiones pequeñas, silenciosas y muchas veces incómodas. En lo poco se conoce lo mucho. En cómo dormimos, en cómo hablamos, en cómo cumplimos lo que decimos cuando nadie nos ve.
Pensar que todo se ordena mágicamente el primero de enero es infantilizar la existencia. El verdadero cambio no ocurre cuando declaramos algo, sino cuando lo encarnamos. Paso a paso. Un día a la vez. Sin épica, sin atajos, sin maquillaje emocional. Así es como las cosas pasan, o, como prefiero pensarlo, así es como se atraen: una acción a la vez.
Tal vez por eso el año nuevo incomoda tanto cuando se vive con conciencia: porque deja al descubierto que no necesitamos más fechas especiales, sino más carácter para sostener lo que decimos querer ser. No borra errores, no repara heridas y no cambia la vida por nosotros. Así que al final, ese invento humano del reinicio, para mí no es otra cosa que una forma de darnos un placebo que no nos permite caer en la cuenta de que el cronómetro no se ha detenido, que iniciamos desde que nacimos y lo que debemos hacer es continuar, pero de otra manera. ¡Esa es la tarea!
Era un país con sus problemas, por supuesto; con sus tremendas desigualdades, como pasa hasta hoy en todos los países de la región, pero era una economía boyante basada en una riqueza natural y petrolera privilegiada
Ese nuevo enfoque es operativo. Y coloca nuevamente a América Latina dentro del mapa prioritario de Washington. La pregunta, ahora, es si esta relectura de la Doctrina Monroe traerá mayor estabilidad al hemisferio.