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Tengo un sueño

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Germán Eduardo Vargas

Cumplido un siglo de independencia estadounidense, Luther King pronunció “Tengo un sueño”. En clave de reflexión, durante nuestro Bicentenario, repasemos ese texto a la luz de objetivos tan ambiciosos como la paz y la Ocde, reconociendo que tras la ruta libertadora no cesaron las horribles noches.

En 1963, el sueño americano tenía fondo blanco. Pasados más de 50 años, aunque Obama fue elegido Presidente, ningún color de piel tiene la esperanza clara, y las probabilidades de liberarse de los grilletes también se independizaron del género, según la “Curva del Gran Gatsby”. La inequidad y el desempleo hicieron realidad la pesadilla.

Colombia nunca disfrutó aquel milagro, y ha convivido con semejantes pecados. Como sea, dado que la vejez llega cuando olvidamos nuestros sueños, mientras repasamos la historia para hacer nuestro propio balance, reflexionemos qué diferencia el momento actual de nuestra Constitución respecto a las anteriores.

El antedicho discurso diagnosticaba un estado “exiliado en su propia tierra”: “es obvio que [el país] ha fallado”, “en vez de honrar su sagrada obligación […] un cheque fue devuelto con el sello de ‘fondos insuficientes’”, “pero nos rehusamos a creer que el banco de la justicia está quebrado”. Breve digresión, parece haber anticipado la crisis financiera y la pobre recuperación, reclamando “la urgencia del ahora”.

Pseudociencias, la economía y política crean tantos problemas como excusas, y sus restricciones auto-impuestas no admiten soluciones. Necesitamos cambiar paradigmas, balancear y priorizar nuestros sueños, contrastar sus desafíos -riesgos y sacrificios-, y corregir sus medidas (costo-impacto). De otro modo continuaremos emprendiendo iniciativas veleidosas, con destinos inciertos, recorriendo caminos circulares o laberínticos, como demuestran la saboteada paz y la increíble clasificación a la Ocde -creada para institucionalizar la reconstrucción durante la posguerra.

Falsa ilusión, en ese selecto grupo -como en los mundiales de fútbol- se destacan pocos países; la mayoría no necesariamente corresponde con las expectativas (competitividad, equidad y sostenibilidad). Como sea, si elevan nuestros estándares y exigen compromisos vinculantes, dejaremos el hábito cortoplacista del borrón y cuenta nueva, pues los esfuerzos vacilantes siempre dejarán resultados errantes.

Ataviarnos con ese sello de calidad impone costos elevados, aunque la esperanza es que reditúen bienestar (Better Life Index). Verbigracia, aunque las buenas prácticas y perspectivas atraen inversión, perderemos acceso a recursos de cooperación internacional; por eso deberíamos procurar la condonación de deuda.

Siempre hemos sabido los requerimientos, desafíos e implicaciones asociados a nuestra aspiración; nuestra degeneración ha sido el exceso de corrupción y nuestra desgracia la falta de reconciliación. Sin embargo, aún Tengo un sueño: que logremos algún “acuerdo sobre lo fundamental”, y la Ocde destrabe esta Patria Boba, para superar la eterna pesadilla de ser un Estado Fallido. De otro modo, parafraseando la Comedia Onírica (Strindberg, 1901), seguiremos condicionados por los biempensantes y el idioma de la Queja.

Feliz cumple, Juanes. Gracias por la esperanza que representas y el amor que proyectas.

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