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ANALISTAS 24/02/2026

Vivir el presente, presentes y agradecidos

Alejandro Moreno-Salamanca
Profesor en IESE Business School
Alejandro Moreno-Salamanca

Un CEO revisa el móvil mientras su hijo le cuenta algo importante del colegio. Asiente con la cabeza, pero no escucha. Está físicamente allí, pero ausente. La escena se repite en consejos de administración y en cenas familiares. Nunca hemos tenido tantas herramientas para gestionar el tiempo. Y nunca hemos estado tan ausentes del momento.

Vivimos obsesionados con anticipar el futuro. Pero el liderazgo no se juega en el mañana hipotético, sino en el ahora concreto. Estar presente es un acto de respeto: respeto hacia el colaborador que expone una idea, hacia el cliente que comparte una preocupación, hacia el hijo que requiere atención. Una reunión en la que el líder está distraído destruye confianza sin que nadie lo diga. La atención es una forma silenciosa, y poderosa, de reconocimiento.

La palabra “presente” proviene del latín praesens, -entis: “estar delante”, “ante la vista”. Estar presente es, literalmente, estar siendo delante del otro. No es solo ocupar un espacio físico; es comparecer con la mente y el corazón. En inglés, además, present significa “regalo”. No es una coincidencia menor. El momento que vivimos es también un don.

Marco Aurelio lo expresó con claridad: «No es la muerte lo que el hombre debería temer, sino el no empezar nunca a vivir». Con frecuencia, la incertidumbre y la preocupación por el futuro nos distraen hasta hacernos olvidar que lo único verdaderamente cierto es el presente.

Se empieza a vivir cuando se decide habitar el instante con conciencia. Cuando uno se entrega a los demás con generosidad, prestando atención plena, sin permitir que notificaciones, urgencias o inquietudes nos arrebaten lo único real que poseemos: este momento.

Peter Drucker afirmó: «La mejor manera de predecir el futuro es crearlo». Yo añadiría: no solo crearlo, sino agradecerlo. Vivir con la plena conciencia de que el futuro es incierto y de que el presente, incluso aquel que incomoda, es un regalo. Aquello que hoy le pesa, que le preocupa o que desearía cambiar, para muchos sería motivo de gratitud, de alegría o incluso de celebración.

Sus responsabilidades son también confianza depositada; sus desafíos, oportunidades que otros anhelan; sus circunstancias, un punto de partida que no todos han recibido. Cambiar la queja por gratitud no elimina las dificultades, pero transforma la manera de habitarlas.

¿Cómo mejorar? Empiece por lo concreto. Promueva reuniones más breves, pero sin móviles ni dispositivos a la vista. Practique la escucha sin interrumpir, especialmente en los primeros minutos de cada conversación. Reserve cada día un bloque de tiempo sin distracciones, protegido con la misma disciplina que una cita estratégica.

E incorpore un pequeño ritual de transición al llegar a casa: apague el teléfono y déjelo en un cajón antes de cruzar el umbral. Deténgase un momento y pregúntese qué hábito, en su realidad concreta, le ayudaría a estar más presente. Porque la presencia no es espontánea: se decide y se entrena.

Tal vez el mayor lujo del siglo XXI no sea el confort ni el tiempo libre, sino la posibilidad de estar plenamente donde uno está. Y ese lujo está al alcance de quien decide prestar atención. Vivir el presente, presentes, no ausentes, agradecidos por ese don que es el hoy. Porque la gratitud nos ancla en la realidad y la atención dignifica a quienes nos rodean. Allí, precisamente allí, empieza una manera sencilla, más humana, y más plena, de liderar y de vivir.

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