La pandemia desveló una Tierra yerma. Los compulsivos medios «infoxican» y muchas personas eligen el placebo de la autoayuda, convertida en un mercado que está contaminado con los vicios de los que huyen. Aunada a los castigadores regímenes de Dios y las pseudociencias (políticas, jurídicas, económicas y empresariales), ¿qué alternativa queda?

La quimera de “El Secreto” es que la visualización y el pensamiento positivo atraen riqueza, felicidad y salud (en estricto orden). Aunque invocan galardonados para acreditar esa fórmula, sus críticos señalaron que invitaba a ignorar los problemas reales y creaba falsas esperanzas. Coincido, y en sus pros-contras identifico lo mismo que promulga o demuestra la ética y estrategia tecnócrata: visión y «kanban»; falsas promesa de valor; evasión y elusión de responsabilidades; y socialización de las pérdidas.

Dogmáticas, en época de reconocida incertidumbre y desesperanza (recomiendo “Apología de Sócrates” y “La Estructura de las Revoluciones Científicas”), sus conjeturas son impertinentes, y la especulativa academia descalifica las pseudociencias por celos comerciales o falta de humildad intelectual, como si no estuviera corrompida y ostentara la verdad revelada. Incapaces de cuestionar y repensar todo, jamás habrá reformas sistémicas (e incluyentes).

Considere que legitiman el vicio del licor, y deifican el del dinero, sabiendo que la mayoría vive «a pesar de» que nunca recibirá los sacramentos de la economía, y tampoco la salvación del Estado, porque esa conspiración siempre ha gobernado. También el ocultismo. Verbigracia, el influyente Crowley compartió carátula de The Beatles con Marx, Jung, Einstein y Hitler; habiendo heredado la fortuna de una cervecera publicó “El Libro de la Ley”, suscribió el lema «Haz Tu Voluntad», y fundó el «Iluminismo Científico».

Pero «cuantico» misticismo no es lo mismo que misticismo cuántico. Al respecto, algún día supe de los controvertidos experimentos de Emoto (¿¡Y tú qué sabes!?, 2004), para contrastar la estética de cristales de hielo que producía. Sus hallazgos sugerían el descubrimiento de una panacea, pues aparentemente el tonito, las palabras, y las intenciones de los pensamientos dirigidos hacia el agua alteraban su reacción, de manera positiva o negativa.

Ahora, está de moda la «psicología positiva». Propuesta por un expresidente de la APA, sustituye el énfasis en la patología y reivindica la virtud; aunque también ha sido cuestionada, tiene la garantía de haber sido validada científicamente (¿amén?). Como sea, el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones, y estos productos santificados son caros.

Entonces, regale palabras positivas y sonrisas a esos seres queridos con quienes haya sido tacaño, o aquellas personas con quienes tiene desacuerdos y se los cobran a diario. Quizás se justifique el costo-beneficio, y reciba algún milagro inesperado, porque la pandemia, recesión o depresión, son pruebas sumadas a la inevitabilidad de los fenómenos naturales y la imprevisibilidad de la vida.

Vivimos inconscientes, desconfiados y defraudados por tanto conflicto de interés; y, aún obsesionados con la razón, predomina la mentira. Por eso, consciente del efecto crítico y catártico del humor, el ocurrente Mundstock compuso un «Manual de autoayuda o autoayuda manual»; aunque parezca pajazo mental, no seamos ingratos con la fe.