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Misericordia y paz

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La gran mayoría de las personas amamos la paz, en especial acá en Colombia porque hemos sufrido de demasiada violencia de distinta naturaleza, que ha dejado huella de muchos matices en la conciencia colectiva y social, pero muy a pesar de esto, tenemos una arraigada identidad compartida y un futuro digno y próspero que es de todos, lo cual ayudará a suavizar las diferencias en asuntos políticos, porque los problemas y los retos económicos y sociales al pertenecernos a todos, debemos afrontarlos todos, para lograr las mejores soluciones posibles.

Con ese espíritu espero transitemos el camino que tenemos por delante de cara a los resultados que refrendaron la posición nacional sobre lo acordado en La Habana, que como lo reconocen las voces más autorizadas opositoras a esos acuerdos, existen elementos valiosos de la negociación que deben rescatarse, así como otros que es preciso revisar para darle bases realmente sólidas a la paz.

Sobre el tema hay un aspecto que es necesario resaltar en esta nueva etapa de diálogos, relacionado con el tamaño hoy en día de la insurgencia, que es realmente una minoría marginal frente a la población total. Según cifras previas, los reconocidos como tal son 9.000 alzados en armas y 13.000 milicianos que frente a los 47 millones de habitantes, representan menos de 0,05% que no puede seguir generando tanta zozobra, inestabilidad, incertidumbre y daño, a toda la sociedad.

Que no vayan ahora a creer los insurgentes, que quienes respaldaron lo acordado en La Habana apoyan sus tesis y reivindican lo que han realizado, de ninguna manera; en su gran mayoría son compatriotas generosos cansados de ustedes que decidieron darle la oportunidad a unos arreglos que muy probablemente como estaban diseñados, iban a llevarnos a una condición peor que la actual.

En mi caso particular reconozco que uno de los principales motivantes para buscar que se revisara lo acordado en La Habana, tiene que ver con la misericordia que debemos profesarnos entre todos, porque comprendí que tristemente en un país con la tradición violenta que nos caracteriza, la cultura de la venganza y la justicia por mano propia sería la constante y por lo tanto, estaríamos ante una escalada de muertes violentas generadas por los ajusticiamientos que se vendrían por delante, aunados a otros factores malignos como el incremento del crimen y la corrupción. 

Por eso, renuevo mi interés en que todas las partes nos unamos en oración y perdón, los que respaldaron o increpamos los acuerdos de la Habana, incluida la insurgencia, para que apelemos al Jubileo de la Misericordia que va hasta el 20 de noviembre entrante y por intersección de la Divina Providencia, al compadecernos de las penas y miserias ajenas para remediarlas, podamos encontrar los términos que lleven al real logro de la merecida paz estable y verdadera.

Para ese propósito propongo que todos los días a las 3:00 de la tarde, pidamos para que ésta nueva y definitiva etapa de conversaciones de paz, esté revestida de la luz y sabiduría necesaria para que la partes establezcan la forma y fondo que permita el mejor acuerdo posible, lo cual podremos facilitar al usar la coronilla: “Misericordioso Sagrado Corazón de Jesús, en ti confiamos la paz de nuestro país”.

Adenda: felicito al Señor Presidente Juan Manuel Santos por haber sido distinguido con el Premio Nobel de Paz, como reconocimiento a su compromiso y tenacidad con el tema, que estos nuevos aires sirvan para sellar entre todos ese gran logro.

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