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La principal herramienta para el desarrollo económico y social de países como Colombia ha sido el ajuste estructural, que en nuestro caso, desde los años 80 hasta la década pasada, se basó en aplicar medidas neoliberales como las privatizaciones, junto con ideas libertarias orientadas a reducir lo público a su mínima expresión.
Pero la práctica mostró qué fue lo que marcó la diferencia en los países pares exitosos al cerrar brechas: las intervenciones sólidas, activas y permanentes del Estado para fomentar y fortalecer entronques industriales. Del sector primario, con aprovechamiento sustentable de los recursos naturales; del secundario o manufacturero, rico en encadenamientos y creación de valor; y del terciario o de servicios, propio de la sociedad del conocimiento y el consumo.
Esto requiere miradas libres de apasionamiento ideológico y del pago de favores inocuos que no contribuyen a cambiar el status quo, sino que buscan la paja en el ojo ajeno sin admitir la viga existente en visiones vendidas que impiden ver los espurios logros, en tanto lo implementado no revirtió ni corrigió nada. Claro está, la tendencia secular del atraso y la dependencia sí se mantiene al alza.
Durante este gobierno prevaleció el libreto contra el aprovechamiento sustentable de los generosos recursos naturales que la Divina Providencia puso en nuestras manos para administrar en procura del bienestar nacional. Así, el mal trato recibido por el sector productivo con mayor potencial para contribuir a generar valor fue soslayado o, peor aún, descalificado y tirado al tarro de la basura por motivos doctrinarios inaceptables frente a la realidad nacional y mundial.
Los defensores del régimen instrumentalizaron las oportunidades de desarrollo productivo en defensa fanática de ideologías malignas. Así, de forma sesgada y reduccionista, utilizan argumentos políticos para defender lo ya condenado por perverso, sin que para ellos haya cabida a reconocer errores u horrores que le han costado demasiado al país; de ahí que se escuden tras cortinas de humo y usen sofismas de distracción para eludir responsabilidades.
Si los indicadores sociales mejoraron, no fue precisamente por la transformación productiva que urgía la nación, sino porque el gasto público y las medidas populistas se dispararon de forma insostenible. De ahí que la viabilidad fiscal esté en jaque mate y que las pírricas exportaciones no tradicionales, al ritmo que van, jamás contribuyan a crear valor ni a reducir el creciente y aberrante déficit comercial.
Estamos muy lejos de la transformación que nos permita aprovechar las futuras arenas productivas, junto con el uso equitativo, acelerado y sostenible del opulento y enorme potencial del sector primario, para que crezca dinámicamente con la manufactura y los servicios, lo que traerá creación de valor y redistribución de la riqueza; es decir, la urgida movilidad y cohesión social con sustentabilidad.
La tarea está por hacerse. Los contenidos programáticos de los candidatos soslayan el tema. Propongo una alianza virtuosa del ganador entre Paloma y Abelardo con Claudia, Sergio y demás afines para ajustar lineamientos claves y contundentes en la materia. Unidos ganaremos, todo por avanzar.
El mensaje de fondo importa más. La cautela y la rapidez del Consejo de Estado muestran que la institucionalidad puede reaccionar cuando el equilibrio de poderes se pone a prueba
Como dijo un político español hace unos días refiriéndose a otro tema bien distinto, pero que también azuza el fuego de la violencia: “de todos esos polvos, vienen estos lodos”