Una de las expresiones que más le escuchamos al Presidente Duque en sus discursos es que somos un país resiliente, adjetivo con el cual la sicología moderna describe las personas con capacidad para recuperarse de circunstancias traumáticas, de soportar la presión y afrontar situaciones estresantes propias de la fatalidad, que surge por la creencia profunda sobre el sentido de la vida, así como la indeclinable voluntad para mejorar en esencia, sobreponerse a las amenazas y fortalecer las debilidades, lo cual requiere del autoconocimiento resultante de la meditación unida a la introspección, además de la motivación, autocontrol, autonomía, confianza, optimismo, compromiso, coherencia, relaciones sólidas y de humor, entre otros.

Así las cosas, es un término personal que en política se extrapola a lo social y económico, con alguna limitación pero igualmente posibilidad de uso en la medida que se base en la realidad, que estimo cabe principalmente para grupos homogéneos de personas con identidad de intereses y objetivos, pudiendo aplicarse a un país con tantas diferencias y formas de pensar y ver la vida, sin cuestionar su alcance, de ahí comparto su uso por parte del Presidente Duque, con quien me identifico en su frontal lucha contra el flagelo demagógico opositor.

De forma tal que en aras de contribuir en la consigna por una Colombia mejor, algo que comparto plenamente es que se trata de un gobierno resiliente frente a la perplejidad que le tocó atravesar de cara a la pandemia que enfrenta, pero igualmente por las ambigüedades y paradojas que capotea respecto de la tercera rama del poder público, vale decir la justicia, que tumba decretos claves fácilmente subsanables y parece ir en contravía del sentir de la mayoría de la población, de sus creencias y aspiraciones, no solo por los desafueros que comete en materia del respeto a un país con enorme arraigo histórico en su población sobre el credo católico por su posición por ejemplo sobre el aborto y el dogma Mariano, sino por las ambivalencias, sesgos ideológicos y decepciones que representan las dilaciones y falta de diligencia de la JEP.

Pero igualmente es un gobierno resiliente al manejar el populismo demagogo de los alcaldes de las principales ciudades del país, más interesados en protagonismos insulsos en una época signada por la tragedia, que en trabajar de forma coordinada con las directrices y normas nacionales, con lo cual los que al final de cuentas pagamos los platos rotos somos todos los ciudadanos, donde claro está estos personajes nefastos y egocéntricos están dando la oportunidad que conozcamos sus verdaderas intenciones y móviles, aunque siempre tendrán cabida y respaldo entre quienes son de por sí renegados, pese a que entre ellos no hay respeto por nada como lo demuestra el incendiario.

Sobre la resiliencia económica, aunque todavía es un gigantesco albur, si nos mantenemos como vamos y tenemos las posibilidades presentes y manifiestas, es por nuestra enorme riqueza natural y sobre todo por las adecuadas políticas incrementales, principales aliadas contra la adversidad.