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¿Usted patentaría el sol?

Muchos de los descubrimientos de la medicina moderna se han dado a través de cuantiosas inversiones en investigación y desarrollo por parte de prestigiosos laboratorios. Desafortunadamente, las fallas de mercado direccionan estos beneficios a personas o países ricos, lo cual genera un debate ético de grandes dimensiones.

Satanizar a las empresas que han logrado mejorar las condiciones de los enfermos con VIH o cáncer sería injusto. Pero, igualmente, sería ingenuo desconocer las billonarias utilidades que producen año tras año.

En últimas, la pregunta se reduce a ¿cuál esquema garantiza el mayor número de innovaciones que a su vez sane el mayor número de seres humanos? Según las farmacéuticas este interrogante contiene una contradicción inherente ya que solo es rentable curar aquellas enfermedades que tienen mercado. En las demás no hay incentivos para investigar. 

Estas compañías argumentan en su favor que traer una nueva droga al mercado toma 14 años en promedio y cuesta US$1,3 billones aproximadamente. Además, de cada 50 programas de investigación, solo uno logra ser exitoso.

Por ende, enfermedades como la malaria -que solo existe en países pobres- jamás será objeto de investigación por parte de las grandes farmacéuticas. Adicionalmente, en las enfermedades que sí hay cura, no importa si la producción de la pastilla vale centavos las compañías no reducen sus precios puesto que se afectarían sus márgenes.

Tal como lo dijo bruscamente un alto directivo de Bayer: “Nosotros no desarrollamos este medicamento para el mercado indio, lo hemos desarrollado para los pacientes occidentales que pueden pagarlo”.

La realidad es que a pesar de que las compañías tienen argumentos, este tipo de comentarios no solo suenan mal, sino que reducen la credibilidad respecto a que estas empresas estén tratando de beneficiar a la sociedad en general.

A esta desafortunada intervención, se suma el hecho de que casi 70% de los medicamentos que obtuvieron patentes en los últimos años consisten en simples variaciones a medicinas ya existentes, que no benefician al paciente, sino que solo modifican su composición con el fin de renovar el registro. Sin duda, es una artimaña para engañar el sistema y frenar los genéricos, que pueden costar únicamente 6% de lo que vale la misma pastilla con patente.

Además, los mayores gastos de la industria no están en el rubro de “investigación y desarrollo” tal como ellas lo pregonan, sino en el de “mercadeo y administración” y sus utilidades son de las más altas de todas las industrias.

Colombia no es ajena a este tema. Así lo demuestra el debate que adelantó el Ministro de Salud contra Novartis. India y Brasil se han enfrentado a multinacionales como esta y han logrado ganar las peleas, al punto que allí los medicamentos son mucho más económicos. El ministro Gaviria debe seguir esta la lucha; no obstante, se requiere un cambio de fondo en el modelo.

El premio Nobel Stiglitz hace algunos años sugirió que para ciertas enfermedades no se dieran patentes a quienes desarrollaran los medicamentos, sino que se les otorgara un incentivo en efectivo a través de un fondo financiado por los gobiernos. Esta puede ser una opción pero se deben debatir otras.

Es inaceptable que hoy en día mueran personas por no recibir una medicina cuya producción cuesta centavos. Nunca olvidemos lo que respondió Jonas Salk, quien descubrió la vacuna contra polio, al ser interrogado sobre la patente: “No hay ninguna patente ¿Usted patentaría el sol?”.