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Oír a nuestros indígenas

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Eduardo Verano de la Rosa

El sur de país está conmovido por los efectos de la minga indígena. Nuestra población aborigen reclama ser escuchada con procedimientos que pueden no ser compartidos por nosotros, pero todo gobernante se enfrenta a los excesos de los requerimientos de la ciudadanía, o mejor, nos enfrentamos, muchas veces a situaciones extremas de quienes reclaman sus derechos.

No olvidemos que en una democracia todos tenemos el sagrado derecho a ser escuchados. Y es que cuando pedimos ser escuchados, lo mejor es no levantar tanto la voz porque esto genera resistencia, sin embargo, a veces se grita porque de la nada surgen ‘oídos sordos’. Lo mejor es que se abran los oídos para escuchar las voces del sufrimiento, las voces que claman justicia. Escuchemos a nuestros indígenas.

Si no lo hacemos, no será posible hacer justicia con sus peticiones. Lo que tiene que hacerse siempre y, en este caso en particular, es escuchar la voz de los que sufren y piden justicia. La minga no puede ser tratada como un asunto de policías o de orden público. Cuando reclama la minga, hay que escucharla, no puede ser de otra manera. ¿Quién debe escucharla?: Todos. En especial, con el que piden dialogar.

Gobernar es ante todo oír. No se puede gobernar sin comprender todos los detalles de lo público. Para entender el reclamo de una comunidad como la aborigen, se tiene que escuchar. Este es el camino de la comprensión del problema o de los problemas que están pidiendo ser resueltos. No se puede pasar por alto la realidad de que comprender es ponerse de acuerdo en algo. Insisto, como insiste Hans-Georg Gadamer, en que es necesario oír.

En “Arte y verdad de la palabra”, Gadamer dice: “Tener la capacidad de oír es tener la capacidad de comprender”. Este es el secreto del gobernar. Para comprender es indispensable ponerse en el lugar del otro. No hay otra manera. El camino del entendimiento no es otro que el diálogo en el que fluya la conversación en la que pueda encontrarse la solución o aplazarse para otro momento. ¡Siempre dialogar!

En consecuencia, el gobernante siempre tiene que hacerlo. Dialogar para construir una alternativa de solución a los problemas que necesitan ser resueltos. La peor política es negarse a ello porque es no reconocer al otro y negarse a oír sus razones. Todos queremos ser escuchados por los destinatarios de los reclamos. Aún, en el peor momento, se requiere de la vía del diálogo para encontrar la solución al conflicto. Sin esto no se puede deliberar. Sin deliberación no hay solución.

¿Con quién dialogar? Lo preferible y razonable es que sea entre los representantes de las partes en conflicto. Este es el secreto de la negociación: el construir la suficiente confianza que abra el espacio a la conversación sincera. Por otra parte, no se puede olvidar de que se está en presencia de comunidades con autonomía en la administración de sus asuntos y que el tema es de la política como arte de gobierno.

Construir consensos políticos entre el Gobierno central y el Gobierno de la comunidad aborigen que disfruta de autogobierno es un tema de la política estatal, no es un mero asunto de policía. El desorden público en la actualidad solamente tiene una solución política. No existe otra en una democracia de un Estado Constitucional de Derecho. El buen gobierno de lo público ve en el diálogo el espacio de la deliberación política para realizar un buen gobierno. Diálogo y más diálogo, la alternativa razonable.

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