Analistas

¡Nos corrompimos!

Es tan absurdo el tema de la corrupción, que ya nadie discute su existencia o su presencia siniestra en todos los ámbitos de la sociedad, sino su exorbitante tamaño. El contralor Edgardo Maya cree que alcanza $50 billones y la Procuraduría le apuesta a 4% del PIB, $32 billones. Cada año arrojamos a la alcantarilla, por diferentes métodos perversos, algunos patentados y aceptados socialmente, el dinero con el cual podríamos pagar la deuda externa del país. Lo preocupante es que ese basilisco amenaza seriamente la institucionalidad.

Los sociólogos tendrán que precisar en qué momento nuestra sociedad perdió definitivamente la ruta y comenzó a caminar por los senderos anchos y oscuros del todo vale, del atajo, del más vivo, pero aquí nadie se salva. La dignidad, la honestidad, el imperio de lo legal, se pulverizaron en el tiempo. A nadie le pareció necesario hacer la fila, ceder el puesto, proteger al débil, usar debidamente el poder, respetar las reglas, honrar la palabra, reclamar y otorgar respeto; y hoy pagamos las consecuencias.

El ciudadano, aprendió a eludir el servicio militar, a evadir impuestos, a obtener subsidios y prebendas, a transgredir la ley hasta en los pequeños detalles del Código de Policía. Se volvió normal declarar ventas, por menor precio, debidamente juramentadas ante notario. El pico y placa es para los pobres idiotas que no tienen para comprar un segundo, tercero o cuarto carro que se ofrece en los concesionarios con la placa requerida para evadir la norma.

Los empresarios y banqueros posan de honestos y fungen de señores de la decencia pero evaden impuestos, hacen maniobras para eludir aduanas, manipulan las decisiones, constriñen funcionarios y no vacilan en esquilmar al usuario para mejorar escandalosamente sus balances. La responsabilidad social es flor exótica y se atesora sin medida, sin escrúpulos y de tal manera, que tenemos una de las sociedades más desiguales del planeta tierra.

Atrás quedaron las épocas cuando los servidores públicos eran eso: servidores, que se empobrecían en el ejercicio público, pulcros e insobornables. La puerta giratoria, el enriquecimiento abusivo y tantas otras muestras de deshonestidad manifiesta, adquirieron estatus y se legalizaron sin que nadie se escandalizara por ello. Los vehículos oficiales, los escoltas, la gasolina, los choferes, los permisos, las placas para evadir los controles, son fuentes de abuso de empleados y exfuncionarios que transformaron privilegios odiosos en derechos perpetuos.

El país no sale de su asombro al comprobar lo que todo el mundo sabía de políticos y jueces. Los primeros inventaron el arte pedestre de violar la norma si ella obstaculiza sus propósitos. Mentir es su deporte predilecto y lo hacen en papel membretado con contador a bordo y bajo la gravedad de juramento. No hay, no puede haber gobernador, alcalde, concejal o parlamentario que diga la verdad sobre los recursos que gasta para su elección o sobre su origen. Lo demás viene por añadidura. El dinero lo aportan contratistas y empresarios para recuperarlo con intereses. Eso lo sabe todo el mundo y el CNE se hace el de la vista gorda porque para eso lo inventaron

El escándalo de los magistrados no asombra, lo raro es que el nuevo elefante, que más parece el buey Apis de la nueva idolatría, se instaló en la Altas Cortes a presidir el aquelarre a “espaldas de todo el mundo”. Nada pasará, pues para eso derrotaron la reforma y perpetuaron la Comisión de Absoluciones.

La solución está en nuestras manos.