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Mi voto por Francisco

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Laudato si´, la primera encíclica del Papa Francisco, más allá de un documento doctrinal urbi et orbi, es un manifiesto político ecuménico de enorme actualidad que contiene innumerables cargas de profundidad para sacudir la conciencia de políticos, jefes de Estado y magnates, responsables del deterioro ambiental del que el Papa define con franciscana simpleza: la casa común.

Indudablemente que desde Rerum Novarum de León XIII y Pacem In Terris de Juan XXIII, no ha habido un mensaje más claramente comprometido con los temas sociales y económicos de la humanidad, analizados críticamente con la lente de los efectos que sobre la ecología produce la sobrexplotación de los recursos naturales. En anteriores oportunidades la Iglesia, o mejor, sus voceros en la tierra, se limitaban a exhortar a los hombres de fe a asumir conductas éticas o morales de acuerdo a los cánones judeo cristianos. La diferencia es que Francisco abandona el lenguaje diplomático del Vaticano para usar un nuevo idioma severo, frío, casi vulgar, más cercano al del Galileo que armado de una fusta echó a los mercaderes del templo, para decir sin ambages: “La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso depósito de porquería”.

 Al hacer un examen crítico del abuso del los grandes empresarios y su deseo de obtener máximas utilidades a cualquier costo y en el menor tiempo, se mete con el mercado y se alinea con los que creen que no se autorregula ni consulta los intereses de los más humildes, sino que es factor de inequidad e injusticia social. 

El Papa no deja títere con cabeza y conmina a pagar la deuda ecológica que se suma a la deuda social que el norte tiene con el sur, agravada por el hecho de que los países más desarrollados son los que más contaminan y se niegan a asumir su responsabilidad. Y no se detiene ahí; Francisco, condena a los responsables de lo que llama: la cultura del descarte, que en sus palabras: “afecta tanto a los seres humanos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura”.

La encíclica, hace un recuento de las causas del deterioro ambiental, enjuicia a los responsables y fija con dureza su posición frente a la economía y la política: “La política no debe someterse a la economía y ésta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia”. Y va más allá, cuestiona duramente la función de la banca en un sistema ideado para el lucro que debe pagar la población más vulnerable.

Pero no todo está perdido, para monseñor Bergoglio. Los gobiernos deben rectificar el rumbo y se impone un cambio para encontrar los caminos de un desarrollo sostenible compatible con la justicia social, que valore al ser humano para que lo dignifique sin exclusiones de ninguna naturaleza. El Papa exhorta a educar a las nuevas generaciones como depositarias de ese cambio y termina orando por la naturaleza.

Apenas lógico que los sectores más conservadores del planeta y quienes se sintieron señalados por su Santidad, salieran a desestimar los alcances de la encíclica; y totalmente ilógico, y casi cínico, que las Farc celebraran las palabras del pontífice, cuando el país, que difícilmente hace consensos, condena unánimemente sus crímenes ecológicos.

Nuestra conclusión es única y clara: Laudato si´, no puede pasar inadvertida. Es indispensable que nuestros políticos, nuestros banqueros y nuestros gobernantes, que se precian de devotos, tan dados a veces a comulgar y a hacernos comulgar con ruedas de molino, se tomen la molestia de leer al Papa para que no sigan diciendo sandeces y proponiendo torpezas.
 

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