¿Hacemos lo correcto?

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El país está tranquilo pues el año lo pasamos a medias, sin tener que habilitar ninguna de las materias más importantes de nuestra economía. El crecimiento debe estar alrededor de 2,7% del PIB, y la inflación, dentro del rango meta del Banco de la República, con una cifra de 3,18%. El desempleo se mantiene por debajo de los dos dígitos. Sectores como la minería, la construcción, la industria, lograron una recuperación que se hizo clara en el tercer trimestre del año anterior, pese a un arranque negativo, tal vez producto de la incertidumbre de un año electoral, tranversalizado por la expectativa de la reforma tributaria. El sector industrial tuvo una breve recuperación, y definitivamente el sector agrícola no levantó cabeza, a lo que se sumó la caída de los precios del café que, sin lugar a a dudas, incidió en el lento crecimiento del consumo, en el último trimestre, particularmente en el nivel de ventas de diciembre que, si bien subió, fue inferior al crecimiento del año anterior.

El déficit en cuenta corriente continúa en 3,6% y todo indica que no será posible bajarlo en los próximos años. El petróleo sigue siendo el factor que determina el crecimiento de nuestra economía y somos víctimas de la volatilidad de sus precios.

Se entiende el optimismo del Gobierno y de los voceros de los gremios que apuntan a que no haya sobresaltos en 2019; sin embargo, no se pueden soslayar los riesgos del próximo año. En el orden interno preocupa el déficit fiscal, las dificultades de financiamiento, el cumplimiento de la regla fiscal y la política de recortes que pueden desestimular la demanda interna. Externamente hay amenazas por el clima tormentoso del comercio internacional, el déficit de la cuenta corriente, los riegos inflacionarios de la tasa de cambio y la ya habitual imposibilidad de crecer de nuestra industria que no recupera su capacidad para exportar pese a los nuevos estímulos tributarios. Nada indica que haya en el corto plazo un impulso al emprendimiento ni un repunte del empleo, que no se ha visto en otras latitudes donde se han aplicado medidas semejantes. Seria deseable, que la generosidad del Gobierno, con el empresariado, se viera compensada, al menos, con una reducción de la informalidad que alarma a la Cepal en su último informe sobre el Panorama Social de América Latina.

La inquietud de fondo es si estamos haciendo lo correcto. El nobel Jean Tirole dedica uno de sus libros a la necesidad de construir el Estado del bien común que armonice el mercado y la política, garantizando la libertad de empresa, con suficiente fortaleza e independencia para fijar reglas e impedir su captura por intereses particulares con fines económicos o electorales. Su función social es indelegable, para generar equidad y evitar los riesgos del populismo que se nutre de una sociedad mal informada o ignorante.

En conclusión, nuestra economía requiere más decisiones y menos dilaciones en temas fundamentales que reclaman reformas estructurales. Preocupa un Gobierno que, pasados cinco meses, sigue sin definir el rumbo que aclimate la confianza y disminuya la controversia sin despreciar la crítica. El futuro tiene, como siempre, claroscuros.

P.D.- Imposible, no condenar con vehemencia la reaparición del terrorismo que enluta a tantas familias colombianas. Demencial que subsistan grupos o personas que le apuesten a la muerte de inocentes con fines protervos; pero también inconcebible e inaceptable, que ese acto repudiable se pretenda utilizar políticamente.

¡Cero Terrorismo!

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