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ANALISTAS 24/04/2026

La belleza de lo cotidiano

Claudia Dulce Romero
Directora sede principal Politécnico Internacional
La República Más

Hay días en los que cuesta estar presentes. Momentos en los que la motivación no aparece, la batería social se agota y hasta el clima parece conspirar en contra. Tampoco hay eventos que estimulen. Son días de aburrimiento en los que nada sorprende y funcionamos en modo avión: vamos al trabajo, volvemos a casa, preparamos algo de comer y nos acostamos. Avanzamos casi por inercia.

Durante mucho tiempo pensé que esos días no valían la pena, que eran un cúmulo de experiencias anodinas que no recordaría al envejecer. Pero hace poco vi una película que removió esa creencia tan arraigada. Reconozco que soy una persona a la que le gustan los estímulos constantes (aunque en este siglo creo que no soy la única).

Se trata de Días perfectos, un largometraje japonés cuya trama consiste en vivir en la belleza de lo cotidiano, en esas rutinas simples, casi automatizadas, en las que los pequeños detalles suelen perderse entre el ruido y nuestros pensamientos.

Dejar el celular al entrar a una reunión, desconectarse a la hora del almuerzo y mirar por la ventana la inmensidad de donde vivimos, o hacer una pausa activa tomando un rayito de sol. Esos momentos pueden reconectar con la gratitud de estar vivos.

Hirayama, el protagonista, lleva una vida humilde y sencilla: limpia baños en Tokio, tiene rituales diarios que lo recargan, sonríe cada mañana al ver el cielo por primera vez, escucha música camino al trabajo, fotografía las sombras que forman las ramas de los árboles con la luz del sol, hace su trabajo con impecabilidad aunque nadie lo observe y habita cada momento con una tranquilidad que da envidia. Vive con un mantra que, aunque sencillo, solemos olvidar: “La próxima vez es la próxima vez. Ahora es ahora”.

Hay personas que esperan el momento de liderar, esa oportunidad que se convierta en trampolín para demostrar de qué están hechas. Líderes que aguardan el gran instante que los hará brillar. Sin embargo, el liderazgo también, y sobre todo, se construye en lo cotidiano. Porque la mayoría de los días no son extraordinarios, pero en ellos el liderazgo deja de ser un evento para convertirse en hábito. Y los hábitos hacen a los maestros.

El líder ejemplar no se posiciona en una charla institucional ni en el boletín mensual. Gana credibilidad día a día: en el saludo a los empleados, en cómo llega a las reuniones, en cómo escucha. Este es un recordatorio para quienes leen esta columna (y también para mí): lo cotidiano no es tedioso ni insípido cuando es genuino y con sentido. Lo cotidiano, con disfrute y presencia, se acumula. Y el liderazgo, aplicado cada día, también.

Al final de la película, cuentan que la palabra japonesa komorebi se usa para referirse al resplandor generado por la luz y la sombra en el momento en que las hojas oscilan en el viento. Pero solo existe una vez, en ese momento. El liderazgo es así: es una luz suave que se cuela entre lo cotidiano, pero que logra transformar un lugar. Liderar no es brillar, es permitir que la luz pase.

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