Analistas 23/09/2020

Centro y buenas políticas públicas

Con frecuencia me preguntan por qué muchos economistas e interesados en políticas públicas de variadas profesiones, más que congeniar, parecen mostrar una especie de fijación con los políticos de centro. Esos que son criticados a veces por su falta de ideología, y que a menudo son tildados de tibios. Mi propia interpretación del fenómeno es que a los científicos sociales les atraen estos “moderados” precisamente porque tiene pocos innegociables, porque les cuesta menos cambiar de posición cuando son confrontados con la evidencia.

Las ciencias sociales, y en particular la economía, han avanzado sustancialmente en el último medio siglo, y hoy tenemos mejores datos y métodos para examinar nuestras teorías a la luz de la observación y la evidencia. Esto nos permite refinar nuestras ideas, entender los mecanismos, y, a la postre, extraer recomendaciones de política pública que se compadecen cada vez mas con la heterogeneidad, el entorno, en fin, con la realidad. Es decir, hoy tenemos bastante más para ofrecerle, a manera de propuestas, a quienes toman decisiones sobre derechos, deberes y presupuestos en nuestra representación.

Con frecuencia los políticos se ven tentados por el aplauso fácil y caminan por la delgada línea que separa lo popular de lo populista. En medio de esta entramada de votos y estrategias de campaña, el político de centro asume posturas serenas, abre debate, y en ocasiones, incluso se atreve con un “no sé”, ante la pregunta imposible que solo puede responderse con certeza desde el fanatismo. El centrista entiende, por ejemplo, que no hay mejor instrumento para reducir la pobreza que el crecimiento económico, pero que, en el camino de crecer, las democracias liberales deben buscar oportunidades para todos.

Entiende por lo tanto que es tan importante fortalecer los derechos laborales y una red de seguridad social amplia, como garantizar la libertad de empresa, promover la competencia, y desmontar las innumerables distorsiones (aranceles, cuotas, exenciones variadas, singulares impuestos) que limitan el funcionamiento de nuestros mercados y mantienen estancada nuestra economía.

Este ejemplar poco común de la política abre su mente a la ciencia y contempla, por ejemplo, la idea de que la guerra contra las drogas, tal como está planteada, la venimos perdiendo hace rato. Que seguir enfrentando con represión la oferta solo incrementa el precio y garantiza rentas para las estructuras criminales, y que, en cambio, sería mas rentable socialmente -en términos de vidas humanas- transitar el camino de la legalización y declararle la guerra a la demanda, al consumo.

El político de centro entiende, pues, que de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno.

Es verdad que desde hace varios años se habla en el país de una cierta polarización en la discusión de las políticas económicas y sociales. Pero a mí, que soy un optimista sin remedio, que me gusta siempre ver el vaso medio lleno, me entusiasma ver una generación de políticos jóvenes que parecen defender el centro. Los hay en casi todos los partidos y movimientos, por lo que menciono aquí solo algunos: Juanita Goebertus (Partido Verde), Gabriel Santos (Centro Democrático) y Carlos Fernando Galán (Bogotá para la Gente). Si estos jóvenes políticos mantienen la sensatez que muestran hoy, y afilan el lápiz de la buena comunicación, tendremos centro para rato.