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Wake app

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Es probable que quienes vivieron en el renacimiento no estuvieran necesariamente conscientes que la humanidad estaba atravesando por uno de sus períodos mas transcendentales con manifestaciones en todas la áreas de conocimiento que habrían de cambiar radicalmente el curso de la humanidad por varias centurias. Es probable que quienes vivimos en los albores del siglo XXI tampoco seamos conscientes de un fenómeno aún más revolucionario que aquel del renacentismo y la modernidad.

Es que la cotidianidad nos absorbe y nos lleva a que las innovaciones que a diario transforman nuestras vidas sean asimiladas de manera casual, como si ellas fuera lo más natural y no algo que cambiará nuestro comportamiento de manera radical. Ya lo estamos viendo con las redes sociales, y este fenómeno ha sido ampliamente analizado. El impacto de estos nuevos medios de comunicación social en la forma como nos relacionamos, como pensamos y, como no, como votamos, es materia de debate por parte de sociólogos, economistas, politólogos, sin que ello le signifique mucho al usuario adolescente que por el contrario le parece que tanta bulla es la reacción de una generación que no entiende lo que esta pasando.

Pero más allá del tema de las redes sociales, hay otro fenómeno ligado a la era digital y al internet que nos ha invadido en todos los quehaceres de la vida. Se trata ni más ni menos que de las aplicaciones, más conocidas como apps, que bajamos de las tiendas virtuales, donde de paso ahora los consumidores encuentran lo que necesitan sin necesidad de meterse en el trancón.

La semana pasada iba en un Uber (también pido Tappsi ocasionalmente) cuando se nos atravesó un Rapi en una bicicleta. El frenón del automóvil me distrajo de la canción que venía escuchando en Spotify, y me impidió seguir contestándole a mi mujer un urgente mensaje de Whatsapp. Este incidente fue como un golpe brutal ya que repentinamente, y como resultado de una imprudencia de tránsito, descubrí que sin darme cuenta vivía en el mundo de las apps y que por lo tanto toda mi realidad virtual se había convertido en realidad real, dictada por mi teléfono móvil.

Hay apps para todo. No solo para movilizarnos en la ciudad, pedir el mercado, oír música y comunicarnos con la gente, sino para evitar el próximo taco (como dicen en Medellín) conectándonos a Waze, para poder consultar el saldo del banco y transferir unos fondos, para reservar los tiquetes de avión y hacer el check in, para saber cómo va estar el clima, para determinar cuándo tiene que sacar a su cachorro a satisfacer sus necesidades, para saber qué ropa se pone todos los días y hasta para levantar novia. No me extrañaría que exista un app para guiar a los amantes en sus faenas amorosas.

No hay duda que todas estas aplicaciones nos facilitan la vida. No solo podemos evitar las interminables congestiones de tráfico, sino que conocemos rincones de ciudad que nunca nos imaginamos; no solo no tenemos que salir a hacer vueltas (oficio favorito de muchas señoras), sino que las vueltas nos las hacen. Es más, ya podemos quedarnos en casa, buscando nuevas apps, que nos indiquen que libro leer o que película ver o qué menú pedir.

Sí señores. Vivimos tiempos inimaginados que nos hacen depender de un aparto telefónico que lo utilizamos para todos los aspectos de la vida…menos para llamar por teléfono, ya que ahora lo que se usa es mandar un mensaje.

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