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JEP y plan

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El último mes de la realidad política colombiana se ha desenvuelto en el campo de lo insólito. Iniciando una secuencia, el Presidente decidió objetar unos artículos de la ley que creó la Justicia Especial par la Paz (JEP). Se desencadenó una de las discusiones más inútiles que hemos tenido en Colombia y que tan solo refleja el clima de enfrentamiento en el cual se toma partido, no en función de lo que se discute, sino en razón del odio o amor que se tenga con quien propone la idea.

Me rehuso a creer que la mitad del país – y del Congreso – esté buscando fórmulas para evitar la extradición de grandes capos del narcotráfico; salvo, claro está, por las acciones de algunos de estos capos que estuviesen conexas con el accionar político/militar de los alzados en armas. Para quienes no somos expertos en la interpretación de leyes, la discusión se asemeja más a aquella sobre el sexo de los ángeles, que a una sobre los verdaderos problemas que aquejan al país. Que si la posible interpretación de un artículo permitiría en una eventualidad que los capos de la droga evadan la justicia de los EE.UU.; que no, que eso no es cierto. Todo como si el futuro del enorme crecimiento de droga y capos en Colombia dependiera de ello. No, en Colombia los capos existen y debería ser labor de autoridades y de la justicia llevarlos a que cesen de delinquir y si han delinquido en otro país exista cooperación judicial y extradición. Desafortunadamente, eso no es así, y no creo que el los dos artículos que tienen al país en vilo tengan nada que ver.

Desafortunadamente buscamos chivos expiatorios para no afrontar los verdaderos problemas que nos aquejan. La carencia de un sistema de justicia coherente, las crecientes cifras de pobreza, la inseguridad, que son los temas que preocupan a los colombianos, no están ni en la agenda del gobierno ni en la del Congreso, como pudo verse claramente en la aprobación de la otra cámara del pomposo Plan Nacional de Desarrollo.

Mientras los senadores se liaban en una batalla campal de gritos acusaciones y recusaciones, en la Cámara de Representante, como bien lo señaló Guillermo Perry en una columna, se sucedía un Bazar del oportunismo, los favores, irresponsabilidad y el caos. Todavía no conocemos el alcance de los 300 y mas artículos que componen el Plan que tiene de todos menos de plan, pero los medios han recogido algunos de los más polémicos. Que imponer aranceles exorbitantes a los textiles que son han absurdo que ni siquiera le gustaron a la Andi, entidad que ha sido bastante proteccionista; que incluir otras normas fiscales; que resolver la crisis de la energía en la costa; y quién sabe cuántas cosas más forman parte de este despropósito que, al igual que lo que sucedió en la cámara alta, no busca resolver los grandes problemas que aquejan a lo colombianos. Parecería que se trata por parte del gobierno de armar una colcha de retazos de sus pendientes y por parte de los honorables, devolver favores.

La sola idea de planes de desarrollo cada cuatro años es absurda porque ninguna política económica se puede planear a tan corto plazo. ¿Para qué tenemos este ejercicio? Para poder enmendar los errores y cambiar la naturaleza de la mermelada. Ya no aprobación de proyectos por puestos, sino aprobación de proyectos por artículos. Me quedo con la primera.

Ahora que se conmemoran 100 años del natalicio del líder conservador Álvaro Gómez, en el país deberíamos buscar un Acuerdo Sobre Lo Fundamental, y para saber qué es lo fundamental no necesitamos grandes discusiones.

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