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La tasa de desempleo en Colombia volvió a dar una buena noticia en febrero de 2026. Con un registro de 9,2%, el país alcanza el nivel más bajo para ese mes en toda la serie histórica. A primera vista, el dato invita al optimismo. Sin embargo, una lectura más cuidadosa sugiere que el mercado laboral colombiano está lejos de consolidar una recuperación sólida.
El punto de partida es claro. La reducción frente a 10,3% de un año atrás no es trivial. Además, hay un elemento que refuerza la validez del resultado: la creación de empleo. En el último año se sumaron 624.000 ocupados, mientras que el número de desocupados cayó en 252.000 personas. A diferencia de otros momentos recientes, la caída del desempleo no se explica únicamente por cambios en la participación laboral, sino por una mayor absorción de trabajadores.
Pero el problema no está en el dato agregado, sino en su composición. El crecimiento del empleo se concentra en actividades de servicios, particularmente en segmentos como las actividades profesionales, la administración pública y los servicios sociales. Solo estos rubros explican cerca de medio millón de nuevos empleos. En contraste, sectores clave para la estructura productiva del país muestran un deterioro significativo. El agro pierde 363.000 empleos; el transporte, 86.000, y la construcción, 38.000. Este patrón no es menor. Sugiere que el mercado laboral no está creciendo de manera equilibrada, sino desplazándose hacia actividades con menor capacidad de arrastre sobre la productividad y el crecimiento de largo plazo. Dicho de otra forma, el empleo crece, pero no necesariamente donde más se necesita.
A esto se suma una señal inquietante en la dinámica reciente. Los datos de enero ya anticipaban una desaceleración en la generación de empleo, con apenas 324.000 nuevos puestos frente a 878.000 registrados un año atrás. Esto plantea dudas sobre la sostenibilidad del repunte observado en febrero y abre la puerta a un escenario de mayor fragilidad en los próximos meses.
El análisis también revela tensiones estructurales persistentes. La brecha de género sigue siendo significativa, con una tasa de desempleo de 11,7% para las mujeres frente a 7,4% para los hombres. Además, los cambios en la composición ocupacional sugieren una recomposición del mercado laboral más que una expansión homogénea. El aumento de los empleados particulares contrasta con la reducción de trabajadores por cuenta propia, lo que podría reflejar ajustes en la formalidad, pero también cambios en las condiciones de acceso al empleo.
En este contexto, resulta insuficiente celebrar el dato sin matices. El mercado laboral colombiano muestra avances en cantidad, pero sigue enfrentando desafíos en calidad, estabilidad y capacidad de generación sostenida de empleo. Detrás de este comportamiento operan varios factores. Por un lado, un cambio en la estructura económica hacia los servicios. Por otro, presiones de costos, como el aumento del salario mínimo, que pueden estar afectando la contratación formal. A esto se suma un entorno de menor dinamismo empresarial, en el que las decisiones de inversión y contratación se ven condicionadas por la incertidumbre y los costos regulatorios. El resultado es un mercado laboral que mejora, pero de forma desigual y todavía vulnerable.
En últimas, la cifra de desempleo de febrero es una buena noticia, pero no una señal definitiva de fortaleza. Más que un punto de llegada, parece un momento transitorio dentro de un proceso de ajuste más amplio. El verdadero reto no es solo reducir el desempleo, sino hacerlo de manera sostenible, con empleos de calidad y en sectores que impulsen el crecimiento del país. Porque en el mercado laboral, como en la economía en general, no basta con mejorar las cifras. También importa, y mucho, la forma en que se construyen.
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