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Hay una contradicción que pocas empresas se atreven a nombrar: compran una tecnología porque es útil y, a la vez, esa misma utilidad no alcanza para que la gente la use. No es un problema de presupuesto. No es un problema técnico. Es un problema humano y, durante décadas, lo hemos ignorado.
Cuando una organización decide implementar una nueva tecnología, el razonamiento suele ser impecable: aumenta la productividad, reduce errores, ahorra tiempo. Todo cuadra en el papel. Entonces se compra, se instala y se capacita al equipo. Pero seis meses después la herramienta está siendo usada a medias, con resistencia o simplemente abandonada.
Con respecto a qué pudo haber fallado, Fred Davis lleva respondiendo esa pregunta desde los años ochenta. Su Modelo de Aceptación Tecnológica -Tam- dice algo que parece simple, pero tiene profundas implicaciones: la gente no adopta tecnología porque sea buena; la adopta cuando “percibe” que es útil y cuando “siente” que puede usarla sin fricción. En la diferencia entre “ser útil” y “ser percibida como útil” es donde mueren la mayoría de las transformaciones digitales.
De esta manera, el error más común es tratar la tecnología como un evento. Se compra una solución “lista”, se anuncia en una reunión general y se espera que el equipo se adapte. Ese modelo tiene un nombre: imposición. Y la imposición genera resistencia casi por ley. El profesor de Harvard, John Kotter, lo explica con claridad: antes de escalar cualquier transformación, hay que crear urgencia real. No urgencia fabricada, sino la que nace de que las personas entiendan, en su propio trabajo, por qué necesitan cambiar.
Por otra parte, Anne-Laure Le Cunff, neurocientífica y autora del libro Microexperimentos, propone algo casi contracultural: reemplazar los objetivos obligatorios por pactos voluntarios de aprendizaje. Un pacto no es una meta impuesta; es un acuerdo colectivo de explorar, probar y aprender juntos. Cuando una organización llega a la tecnología con ese pacto previo -“vamos a entender juntos si esto nos sirve”- la resistencia disminuye porque ya no hay nada que resistir. No hay imposición. Hay curiosidad compartida.
La paradoja consiste en que una tecnología puede ser útil y aun así generar rechazo si llega como solución antes de que las personas hayan sentido el problema. La salida está en ordenar mejor la secuencia: separar lo humano de lo técnico; crear pactos de aprendizaje antes que metas impuestas; experimentar en pequeño antes de escalar; construir con las áreas, no solo comprar para ellas, y entender que el destino final no es la herramienta, sino el hábito. Cuando esa secuencia se respeta, la adopción deja de ser una obligación y empieza a convertirse en una forma real de trabajar mejor.
La transformación digital no fracasa por falta de herramientas, sino porque llegamos con la respuesta antes de que alguien haya hecho las preguntas correctas. Las empresas que entienden esto construyen las condiciones para que su gente pueda hacerlo parte de su cotidianidad, de su cultura.
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