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Lugares abandonados, Agronautas, Don Ca, Espantapájaros, Balance Glaciar, Jaguar, la Tragedia Electrónica: corta lista del material cinematográfico internacional de la selección oficial que se verá por todas partes esta semana en Barichara. El cuarto Festival de Cine Verde va a la vanguardia, los ojos están mirando al frente para avisar que el entorno cambia. Sin caer en tentaciones facilistas, el cine ambiental o verde, hasta ahora libre del sostenible (no tarda algún caradura en nombrarlo así, por ello el ejercicio vacunador), es un género, si es que es un género, de reflexión audiovisual acerca de las relaciones entre naturaleza y sociedad. Por supuesto, lo único que se puede cuestionar en él es a la sociedad, así la fauna y la flora adquieran agencia y nos hablen a los ojos: la conexión vital existe, pero ni las bacterias ni los animales hacen películas, aunque un “selfie” de una mona despertó olas en las oficinas de propiedad intelectual el mes pasado. 

Acostumbrados como estamos en esta sociedad audiovisual a que lo representado es más verdadero que lo existente, por aquello de que el cerebro construye su universo encerrado en la caja negra del cráneo, consumimos cine y televisión ávidamente, a borbotones, comprando imágenes que buscamos acomodar rápidamente al prejuicio de cada existencia, mensajes de coherencia para tranquilizar la neuroquímica y creer que sabemos cómo es el mundo, nuestra vida y devenir en él. Nada más peligroso y que justifique al tiempo la necesidad de construir una red crítica, una narrativa de la desconfianza, la duda: esa es la naturaleza del conocimiento, de la ciencia, de la evolución y del arte de la conversación.

Una foto de un chigüiro agonizante fue la semilla de algunos videos noticiosos hace poco y, más pronto que tarde, de innumerables reportajes que pretendieron construir una visión del Casanare y de nuestros problemas para convivir con sus ecosistemas: se falsificó una crisis, insistiré, pese a docenas que hubieran ameritado el esfuerzo documental, se habló de desastre, se hizo politiquería. Un pequeño apocalipsis a conveniencia, que sí vale la pena investigar. Queda la esperanza de un autor que hable del fenómeno, de sus creadores tras de cámaras, lo revise y nos proponga una lectura menos oportunista de la muerte de los animales silvestres, aprovechada para reanimar un imaginario de protesta sin imaginación, donde lo que menos se quería era un debate honesto y equilibrado: así de cortos en espacios críticos está nuestra democracia.

La denuncia será un objeto obvio de parte de la muestra, pero afortunadamente, pequeña: no esperamos ver bolsas plásticas tiradas en pequeñas quebradas mientras los personajes hablan de ríos contaminados con materiales radioactivos, ni imágenes enfocadas en indicadores “obvios” de un deterioro o un prodigio ambiental que solo están en el ojo de quien filma. Esperamos ver historias e imágenes profundas de la complejidad del drama que atraviesa la sociedad entera, sus dilemas, la complejidad, eso sí. Que si hay protesta, el director-guionista-productor-publicista (tiende a coincidir en estos casos) no sea el único juez. Por descontado, y aunque valdría la pena para disectar, no esperamos ver filmografía institucional, ese desgraciado género que da de comer a muchos mientras sueñan con ser independientes y que a veces se cuela en todo evento.

Hace unos años FotoEspaña, un festival magnífico de los tiempos de la abundancia ibérica, puso en Madrid los euros a pensar: FotoNatura fue el tema del momento, y las exhibiciones, las conferencias, los foros, abundaron en análisis que daban por obvio que la imagen es un producto construido, un producto estético-político, y que a veces una casa desbarrancada por la creciente de un río es a la vez un testimonio hermoso y terrible de nuestras limitaciones como humanos y del incuestionable comportamiento del agua y el clima. Los buenos cineastas superan el problema de la realidad en su adolescencia, lo cual no es fácil que hagan las ciencias, y saben que el mundo es interesante por la forma en que lo contamos, no por su plausibilidad: por eso el arte nunca nos traiciona. 

Hay que ir a Festiver, a ver cine verde en el  Barichara de Toto Vega, Nórida y Juliana, y a debatir con pasión cada propuesta, cada pieza, mientras los barrancos rojos del valle del río Suárez nos provocan otros sueños en esas noches privilegiadas: la película de la cuenca también corre y nadie puede predecir su desenlace.

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