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Analistas 27/02/2026

Quien siembra un árbol, no lo hace por su sombra

Natasha Avendaño
Gerente de la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá
NATASHA-AVENDAÑO

La lección más importante que dejó el racionamiento que superó Bogotá hace poco menos de un año fue la relevancia que adquirieron las acciones para cuidar el agua. La ciudadanía respondió positivamente al llamado que, desde el Distrito y la Empresa de Acueducto y Alcantarillado de Bogotá (Eaab), hicimos para tomar conciencia y ahorrar este recurso que, por primera vez en décadas, se mostró vulnerable. El cambio climático nos hizo sentir, en carne propia, que el agua no es infinita.

Y fueron las niñas y los niños nuestros mejores aliados en esta cruzada por el cuidado del agua, pues a través de ellos fortalecimos el mensaje en las familias. Fue así como, motivados y sin perder el impulso, direccionamos nuestro proyecto de restauración ecológica hacia esta población, a la que estamos invitando a convertirse en madrinas y padrinos de más de 155.000 nuevos árboles que estamos sembrando alrededor de nuestras cuencas abastecedoras, para que se conviertan en el bosque protector del agua que beberán las futuras generaciones.

Como funcionaria pública, como ciudadana y como madre, puedo asegurar que impactar positivamente a la población infantil y juvenil con este tipo de proyectos es una de las maneras más efectivas de generar apropiación y conciencia frente al entorno en el que vivimos y al legado que dejaremos a quienes vienen después de nosotros.

Llevar a niñas y niños de colegio a nuestras jornadas de siembra es mucho más que una actividad simbólica: es una intervención pedagógica con impacto estructural. Cuando un estudiante planta un árbol en una cuenca abastecedora no solo participa en una actividad ambiental, sino que interioriza conceptos de regulación hídrica, captura de carbono, biodiversidad y adaptación al cambio climático.

Cada jornada de siembra del Acueducto de Bogotá responde a criterios técnicos de restauración ecológica, como la selección de especies nativas. En cada salida, estos grupos de niños y jóvenes aprenden sobre los impactos negativos que ha tenido la siembra de especies exóticas o foráneas en nuestro territorio y cómo las venimos reemplazando por cucharos, falsos pimientos, alisos o arrayanes, especies propias de nuestro ecosistema. Igualmente, les enseñamos de manera técnica cómo se debe sembrar un árbol y todo lo que se hace para protegerlo, monitorearlo y mantenerlo durante un mínimo de tres años; además de explicarles dónde sembrarlos, cuáles son los criterios para elegir el mejor lugar, qué distancia debe haber entre ellos y características clave como su velocidad de crecimiento y su capacidad de adaptación.

Todo esto nos permite afirmar que cuando un niño entiende que un bosque altoandino regula el agua que llega al grifo de su casa, difícilmente será un adulto indiferente frente a la deforestación o la ocupación ilegal de las rondas hídricas. Más que sembrar árboles, sembramos cultura ambiental, porque el verdadero indicador de éxito no es el número de plántulas sembradas, sino su porcentaje de supervivencia ecológica y el nivel de apropiación social que se genera.

Cada jornada de siembra incluye la explicación del ecosistema intervenido, su relación con el cambio climático, la conexión con el consumo responsable del agua y un seguimiento anual con los mismos estudiantes. Esto nos permite pasar de un evento aislado a una estrategia estructural de educación ambiental.

Generar conciencia en las nuevas generaciones y lograr que comprendan que los beneficios de su siembra se verán en el futuro nos llena de ilusión pues, como diría Rabindranath Tagore, “quien siembra un árbol no lo hace por su sombra”. Hacerlos partícipes de la restauración ecológica de nuestra ciudad se convierte así en una manera profunda y gratificante de garantizar que los hijos de nuestros hijos tengan asegurados un mejor aire y una mejor agua para el resto de sus vidas.

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