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La primera vuelta dejó una señal inquietante: en Colombia pasaron a segunda vuelta dos candidaturas de ruptura y el centro quedó muy lejos. Más que un accidente electoral, el resultado expresa un país frustrado, polarizado y cada vez menos dispuesto a escuchar promesas de equilibrio.
Eso no significa que el centro haya desaparecido como sensibilidad política. Significa algo más incómodo: en sociedades cansadas, inseguras y con bajo crecimiento, los discursos de ruptura halan más que los mensajes de gradualismo. La moderación puede ser razonable; el problema es que, en momentos de malestar profundo, suele sonar insuficiente frente a candidatos que prometen castigo, redención o una refundación del país.
Pero conviene no caer en una conclusión cómoda. Colombia sí necesita cambios profundos. Y el hecho de que en 2022 hubiera llegado por primera vez la izquierda al poder no fue un accidente histórico. Fue la expresión de un país desigual, con demandas acumuladas, regiones abandonadas y una ciudadanía cansada de que le prometieran progreso sin tocar barreras estructurales. El problema no fue que se intentara cambiar. El problema fue que ese intento terminó atrapado entre ineficiencia, corrupción y deterioro institucional.
Por eso el escenario actual es tan delicado. La ineficiencia del gobierno de Gustavo Petro no debería llevarnos a la nostalgia por lo anterior, como si bastara con restaurar el país previo a 2022. Tampoco debería empujarnos a creer que cualquier radicalismo opuesto al actual resolverá lo que este no resolvió. Brasil ofrece una advertencia clara: la polarización entre Lula y Jair Bolsonaro no produjo un nuevo consenso de largo plazo; produjo un país persistentemente dividido, donde la política sigue girando alrededor de identidades enfrentadas más que de acuerdos duraderos. Argentina ofrece otra. El agotamiento del peronismo abrió la puerta a Javier Milei y a una agenda de choque que sí introdujo correcciones económicas, pero cuyo verdadero examen sigue siendo si puede traducir esa ruptura en cambios estables, políticamente sostenibles y socialmente procesables. Es decir, el péndulo puede castigar al gobierno anterior, pero no necesariamente resuelve por sí mismo los problemas de fondo.
Ese debería ser el punto central para Colombia. La primera vuelta no nos deja solo ante una competencia entre dos candidatos. Nos deja ante una pregunta más profunda: cómo reformar un país que sí necesita transformaciones sin seguir atrapado en una política donde los extremos crecen alimentándose del fracaso del anterior. Colombia necesita cambios de verdad, con eficacia, instituciones y vocación de futuro.
Por eso el mensaje de fondo no puede ser volver a lo de antes, como si lo anterior hubiera funcionado bien. Tampoco puede ser resignarse a que solo los extremos interpretan el malestar social. Colombia necesita cambios profundos, precisamente porque el primer gobierno de izquierda no fue un accidente. Pero esos cambios no pueden seguir siendo rabia, revancha o improvisación. El país no va a salir adelante restaurando el pasado ni incendiando el presente. Va a salir adelante cuando sea capaz de reformarse sin destruirse.