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Analistas 28/07/2026

La lealtad que tanta falta nos hace

Luis Felipe Gómez Restrepo
Profesor Universidad Javeriana Cali

La lealtad es la cualidad de quien mantiene fidelidad y respeto hacia alguien o hacia una causa. En política, puede parecer una virtud extraña, casi contradictoria con la realidad de la competencia por el poder. Sin embargo, es indispensable para que la democracia funcione. La lealtad no significa renunciar a las convicciones ni abandonar la crítica. Significa reconocer al otro, aceptar su legitimidad y entender que el adversario también puede tener razones y capacidades que complementen las propias.

Ahora que comienza un nuevo gobierno y se definen las relaciones entre quienes gobernarán y quienes ejercerán la oposición, conviene recordar que una democracia necesita adversarios, pero no enemigos. La oposición es esencial para controlar al poder, señalar sus errores y ofrecer alternativas. Pero debe ser una oposición leal, como lo ha señalado el politólogo Fernando Cepeda: una oposición que reconozca al otro, que actúe con pulcritud y respete las reglas de la democracia. Y esa exigencia debe ser recíproca: un gobierno democrático debe ser igualmente leal con quienes lo contradicen.

Por eso fue tan criticable la manera como el gobierno de Gustavo Petro trató durante cuatro años a buena parte de sus opositores. La negación permanente del otro, la descalificación sistemática, los insultos y la sospecha constante sobre quienes pensaban diferente terminaron empobreciendo el debate público. Un gobierno no puede pretender que quienes no comparten sus ideas carecen de legitimidad para participar en la construcción del país.

La lealtad política exige algo más difícil: reconocer que el otro puede tener razón en algunos asuntos. Nadie posee toda la verdad y ninguna corriente política tiene el monopolio del bien común. La democracia se construye precisamente cuando las distintas visiones son capaces de confrontarse sin destruirse y de encontrar puntos de encuentro.

Pero la lealtad también debe existir dentro de las coaliciones de gobierno. Resulta difícil entender que un gobierno pretenda construir una mayoría democrática mientras busca debilitar o desaparecer a uno de los partidos que contribuyeron decisivamente a su llegada al poder. La ambición de arrinconar al Centro Democrático, después del respaldo que sectores de esa colectividad dieron en la segunda vuelta presidencial, plantea una pregunta elemental: ¿qué clase de coalición se quiere construir si se desconoce la lealtad de quienes ayudaron a conformarla?

La política no puede reducirse a una competencia permanente por eliminar al adversario. Quien hoy gobierna mañana puede estar en la oposición; quien hoy es oposición puede gobernar después. Por eso las reglas deben ser respetadas por todos y la dignidad del otro debe ser preservada siempre.

La lealtad no es ingenuidad ni complacencia. Es una forma de entender la política desde el reconocimiento de la dignidad del adversario y desde la convicción de que nadie construye el bien común solo. En tiempos de tanta polarización, quizás sea la virtud política que más necesitamos.

La lealtad política no es fidelidad personal al gobernante o al partido, sino fidelidad a unos principios, a las reglas democráticas y a la dignidad del otro.

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