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¿Antropoceno?

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Desde que se hizo evidente la capacidad humana de transformar la atmósfera de manera radical y con ello el clima y toda la funcionalidad ecológica planetaria, se ha popularizado la idea de que vivimos una nueva era en la historia geológica de la Tierra, suficientemente diferenciable de las previas debido a que ha sido capaz de dejar señales persistentes: una concentración y composición de gases que solo se ha presentado de manera espontánea hace varios millones de años, una acumulación en aire, agua y suelo de polímeros y otros miles de sustancias inexistentes antes de la era industrial, un relieve modificado por obras de infraestructura capaces de sobrevivir a la especie en caso de su extinción.

Hay muchos argumentos opuestos a la adopción formal de esta denominación de la “era de lo humano”, pues su duración ha sido tan breve que apenas podría comparase con un evento catastrófico como el meteorito que extinguió los dinosaurios. Es decir, no como una era, sino como la línea que dividió dos eras: el Holoceno y la que venga, que no nombraríamos nosotros por obvias razones. La tenue persistencia del animal industrial en que nos convertimos hace muy complejo el análisis, pues es absolutamente inimaginable la forma que tomarían las civilizaciones humanas del futuro, salvo que insistamos en que la sostenibilidad es una estrategia intermedia y estable de forrajeo ilustrado o místico gracias al cual la población humana se estabilizará en 1.000 o 2.000 millones de seres, quienes activa y decididamente dejaron de lado su pretensión de controlar el átomo y el ADN, es decir, que decidieron acoger un estado intermedio de perturbación ecológica con reglas estrictas acerca de la innovación y la adopción de tecnología: una existencia estabilizada en cierto punto de la historia humana.

Otras razones para rechazar la idea de una era de lo humano vienen de la epidemiología: somos, en términos de la evolución, el equivalente de una plaga. Y recordar “el año de la plaga” como referencia obligada al colapso de la población europea con orgullo no es muy llamativo. En ello se basan movimientos radicales y de contracultura que se rehúsan a seguir usando la ciencia como fuente de manejo ambiental, invalidan las “métricas que mecanizan la vida y limitan los sentidos” y combaten “las narrativas de un apocalipsis identificado con el colapso de la civilización contemporánea”, diría Natasha Myers en un evento reciente de “deconstrucción del verde” a partir del arte, la ciencia y la literatura. Como animales místicos deberíamos ser capaces de sobreponernos a la “pornografía de la ruina” y encontrar otra posición en medio de las plantas y los animales del mundo, que nos reinstale en otra senda de la evolución de la vida. ¿Desquiciado? Tal vez, pero una incitación a la autocrítica, al abandono de la arrogancia, a buscar otras posibilidades de ser, a retomar la compasión por el mundo y revivirlo como premisa. No el Antropoceno, sino la búsqueda de un lugar humilde pero gozoso para nuestra especie, a la manera de Francisco de Asís.

Para otros tal vez el tiempo de considerar a fondo la idea de una posthumanidad, un postantropoceno y liberar la biota de nuestra carga, migrando poco a poco al ordenador, a otros planetas. Parece absurdo, pero en cien años nada se parecerá al presente, mucho menos nuestra especie. Y ya nacieron quienes enfrentarán las bifurcaciones por venir.

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